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05/06/2019 | #N69682
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EL LUJO, UN TEXTO MAS DE ALEJANDRO ROBINO

Como soy muy sentimental a esta altura de la vida, no pude evitar emocionarme con esta lectura y las comparaciones con el enorme recuerdo de mi viejo salvando las distancias...

EL LUJO
Mi padre es vendedor. El comprende a la gente en el modo más amable que puede hacerse: entiende sus dificultades piadosamente. Tiene esa sagacidad rápida a la que llamamos viveza. Abrís la boca, haces un gesto y él te saca la ficha. Ese es su talento. Puede ver. Ver por ejemplo a través de los objetos las escenas que se vivieron en su entorno. Un vaso innecesariamente escondido en el cajón de un escritorio que delata a un alcohólico clandestino. Un pocillo con rouge en un negocio sin personal femenino que denuncia una relación furtiva. Un anotador con cuentas desesperadas al lado de la caja registradora de quien fanfarronea solvencia económica. El siente el pulso de la calle. Formó o desarrolló - ¿cómo saberlo? - esa habilidad desde su niñez, cuando ayudaba a mi abuela en el puesto de verdura en la feria de Liniers. En su adolescencia, vendiendo caramelos por los barriales del conurbano. En su juventud, como trajeado empleado del petitero bazar “Dos mundos” de Florida y Mitre. Y después, pateando “el Once” y luego la avenida Avellaneda, vendiendo telas a confeccionistas y mayoristas, hasta que lo retiró una fractura de cadera a los noventa y dos años. Ochenta y cinco años en el oficio de la seducción materialista. Su última década de trabajo, consistía en anunciarles telefónicamente a sus clientes -una vez por semana- que estaría en un boliche de Flores, para que todos concurrieran en el horario de almuerzo. Así levantaba los pedidos mientras comían y tomaban café en una prolongada sobremesa. Tipos de todas las edades pertenecientes a las distintas colectividades que pueblan el gremio textil se sentaban a su mesa. Judíos, coreanos, bolivianos y hasta algún criollo, se juntaban a comer con mi viejo. Puestos a atestiguar, con un solo común denominador caracterizaban esos encuentros: se cagaban de risa. Yo no heredé ese don paterno de la observación cotidiana compasiva y tal vez por eso, recuerdo algunos de sus consejos como faros en la materia. “Fijate en el bobo (reloj) y los tamangos (zapatos)para ver si tiene guita o es un tirado, con lo demás se miente para arriba o para abajo”. O, “Si el tipo se raja contento del laburo, está bien con la jermu. No trates de hablarle de negocios a esa hora. Mandale saludos a la familia y arreglá para verlo una mañana. En cambio, si ves que boludea, invítalo a un café y escúchalo. Pero prestale la oreja de verdad. Ayudalo. Si ese no te compra, seguro te recomienda”. Mi viejo puede ver las carencias y acompañar sin juzgar. Puede relacionarse con lo mejor de cada uno y hacérselo notar sin adular. Un gurú de la autoestima. Un catador de gente y de lugares. Por eso, el otro día, cuando lo escuché decir que la cocina de la casa que construyó y en la que vivió sesenta años era un lujo, interpreté atolondradamente que magnificaba el recuerdo. Tal vez -pensé- será producto de la añoranza y el desarraigo de la mudanza repentina a la que se vio forzado por el accidente. Yo recordé ese “lujo” en detalle y me surgió una sonrisa. Recordé la mesa de hierro y fórmica cachada en una esquina, el chiflete de la ventilación cruzada que soplaba en invierno, los azulejos amarillos gastados, el termotanque, ese adefesio de exposición primordial, la grifería vieja, el gallito del tiempo, el infaltable almanaque de la panadería “La catalana” al lado de la heladera siam bolita, la antigua radio a válvula, el ventilador de techo, que amenazaba con guillotinarnos a través del quejido de sus engranajes, la cafetera italiana, la frutera de cerámica, las dos pavas que medio quemaron los olvidos de mi madre colgada de interminables charlas telefónicas y pensé: está en todo su derecho en recordar como un lujo aquel cambalache. Y deambulé por el camino a la idiotez que está plagado de certezas que no son esenciales y tanto nos distraen. Supongo que podría haber pasado mucho tiempo hasta que hubiera podido comprenderlo o tal vez no lo hubiera desentrañado nunca si esa foto extraviada no hubiera aparecido dentro de un cajón que le era impropio. Entre una póliza de seguro vencida y una factura ancestral de obras sanitarias, ese rectángulo de cartulina brillante me despabilaba con el vigor de una cachetada. Y lloré mi imbécil ignorancia. Lloré. Lloré, porque no cabía hacer más nada. Capturada en el tiempo, como una piedra preciosa engarzada en cachivaches, la sonrisa de mi madre iluminaba la cocina. Repentinamente, fastuosos recuerdos a me asaltaron enfrentándome con un suntuoso pasado que me había sido inadvertido. El olor al pucherito, el reiterado reclamo de que fuéramos a cenar bajo la imperiosa orden de lavarse las manos. La mesa con mamá y papá y mi hermanita y disputarle el corazón del pollo y el choclo quemándonos los dedos pese a las reiteradas advertencias y reírnos y contar que en el colegio… El lujo es eso: poder vivir en medio de tesoros que el dinero ignora. Mi padre es vendedor. Tal vez por eso tenga tan presente la diferencia entre precio y valor. Esa cocina era un lujo, sí. Y yo no lo sabía. 
Alejandro Robino


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