A Quien Confiamos Nuestros Datos?


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19/10/2020 | #N73936
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Los lectores ceden cada segundo sus datos personales, su rastro digital, sus interacciones en las redes sociales, la posición física de su móvil, incluso su presión sanguínea y pulsaciones (veremos si también nuestro historial de contagios), así como un largo etcétera sin apenas preocuparse sobre el uso y destino de esos valiosos datos. Llegamos a compartir el lugar por donde circula nuestro vehículo, en el que se encuentran nuestros familiares, las imágenes de las cámaras de seguridad y un largo etcétera. Los ojos que observan son, sobre todo, los mismos aparatos que nos alquilan las operadoras de telecomunicaciones y las aplicaciones que nos “regalan” los cuatro gigantes tecnológicos.

Esta facilidad de acceso a la intimidad, esa promiscuidad digital, no se facilita en cambio cuando son los actores tradicionales de la comunicación quienes necesitan o piden los datos. Ahí la audiencia parece poco dispuesta a siquiera registrarse en las versiones online de los periódicos, mucho menos a dejar en la base de datos de un diario la tarjeta de crédito para pagar una suscripción. Esos mismos números se utilizan en las compras online de todo tipo de tiendas pero, en cambio, los consumidores rechazan cumplimentar el más mínimo formulario para suscribirse a un periódico. No ya para pagar, simplemente para registrarse. Mientras, esas mismas personas teclean ansiosas en apenas un par de minutos los datos que completan el formulario para tener acceso a las últimas series de estreno en Netflix o para que Glovo les acerque la cena.

¿Por qué, salvo algunas excepciones, la sociedad se está resistiendo a suscribirse a muchas versiones digitales de los diarios?

Hay muchos motivos para que el modelo de suscripción evolucione muy lento, desde una oferta informativa gratuita muy amplia (las propias televisiones y radios tienen webs muy bien construidas en abierto), a un nuevo mercado en el que la suscripción a un medio tiene que competir con un catálogo de muchas ofertas de entretenimiento de pago. También influye la propia crisis económica y el precio, sin contar que en internet, como pasa con la radio, el público lleva años consumiendo información gratis.

Tampoco son menores las dificultades provocadas por lo que denominan los expertos la “experiencia de usuario”, la facilidad con la que se cumplimentan determinadas páginas web para hacer una compra o facilitar un correo. Lo que en Google es una experiencia de unos segundos para suscribirse a algo, en un periódico suele ser un laberinto. Varios diarios con sistemas de suscripción han aumentando sus cifras de lectores de pago cuando han llegado a acuerdos para que puedan acceder a través de los sistemas del buscador. ¿La diferencia? a través de Google es sencillo y a través de las páginas del diario es una experiencia larga, farragosa y plagada de datos a rellenar que el usuario percibe como inservibles.

Pero quizás el motivo menos explicitado sea la desconfianza en que el medio sea ético, que cumpla con su misión, que sirva para denunciar los abusos, que aporte luz en esta sociedad en la que caminamos a oscuras y tan faltos de relatos que expliquen los fenómenos nuevos. ¿Veré lo que los poderosos nos quieren ocultar en este medio de comunicación? Si les pago ¿dedicarán de verdad mi dinero a investigaciones honestas?

Un estudio de la Universidad Tecnológica de Queensland y la de Canberra resume que la falta de confianza en la prensa proviene de los siguientes factores:

Historias inexactas, con errores, no confirmadas, etc.

Obstinación de periodistas o presentadores

Falta de transparencia

Sensacionalismo

Defensa excesiva de puntos de vista particulares

El factor principal que mejoraría esa confianza, según el mismo estudio, sería que los periodistas declaren cualquier conflicto de intereses o parcialidad con respecto a historias particulares. El segundo factor sería que eviten los sesgos.

La prensa ha perdido también una cierta capacidad de anticipación de la historia o de los temas que interesarían a los lectores. Si la pandemia ha resultado una crisis sanitaria impactante, no es menos importante destacar cómo los relatos han sido tan incorrectos que a medida que avanzaba el peligro se iban desmoronando los que ofrecían los diarios sin que ni gobiernos ni medios de comunicación ni ciudadanos fuéramos conscientes de la marea, mejor dicho tsunami, que se venía encima.

Esa falta de atención anticipada a las diferentes etapas de la pandemia, que en este caso es verdad que obedece a la dificultad de entender y luego explicar de forma clara un problema nuevo y complejo, ha dañado aún más la credibilidad de diarios y medios en general. Si los gobiernos no han sabido actuar a tiempo, los medios no han sabido alertar a su audiencia de lo que estaba pasando hasta que los hospitales estaban llenos, las calles incendiadas o los gobiernos caídos. Ha pasado recientemente en otros momentos históricos como los conflictos sociales en Chile, el referéndum de Colombia, incluso el Brexit o la Primavera Árabe. Incluso ante coberturas de eventos nuevos a veces han estado al nivel (bajo) de los medios partisanos y amateurs propagando informaciones que luego han sido obligados a desmentir.

La falta de confianza evidenciada en la escasez de un número suficiente de suscriipt ores, es incrementada con los ataques a través de la etiqueta “esto no lo verás en los medios de comunicación” que se ha convertido en un latiguillo frecuente que, día a día, erosiona la reputación denunciando la supuesta falta de ética del periodismo.
Fundacion Gabo(resumido)

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