CUANDO NACE LA AUTOESTIMA.(Alex Rovira)

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@DANTEX

06/04/2021#N75431

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Siempre se ha dicho que una persona nunca logrará ser amada realmente hasta que no sea capaz de amarse a sí misma.

Esto tiene todo el sentido, pues es en el amor propio donde se cultiva todo posible crecimiento personal.

Ya sea en tu vida, en tus relaciones, en la consecución de tus propósitos...

La buena autoestima es, me atrevería a decir, una condición indispensable para la realización personal.

Sin embargo, muchas veces trabajamos la autoestima siendo ya adultos porque a la inmensa mayoría no nos contaron nada de esto cuando éramos niños.

Así siendo adultos procuramos trabajar nuestra auto-estima tras algún hecho que ha socavado nuestra seguridad personal.

Por eso esta semana, deseo abordar diferentes claves que creo que son esenciales para trabajar la buena autoestima, no solo en la madurez que nos proporciona la edad adulta, sino también en el momento en el que todo empieza a cobrar forma: la niñez.


La primera clave: el tiempo con nuestros hijos


Aunque tal vez te parezca extraño, el tiempo es un factor esencial para la autoestima. No solo tenerlo, sino también disfrutarlo en común.

Tiene que haber calidad en el tiempo, pero también presencia entregada, dulce, cariñosa, consciente, en juego, en calor humano.

En la niñez, el tiempo es un estupendo regalo que podemos ofrecer a nuestros hijos e hijas, pero también a nosotros mismos.

Pasar tiempo con ellos, verles crecer, acompañarles… es fuente de impulso y de bienestar.

Algo que para muchos padres y madres no es siquiera una opción cuando piensan en el trabajo, las obligaciones, la tareas diarias, la rutina, etc.

Al final, el abandono y la distancia que percibe cualquier niño o niña con respecto a sus padres no es por su ausencia, sino por la falta de tiempo que pasan con ellos. Una falta de atención necesaria para fomentar una buena autoestima desde el principio.

Traducido a la edad adulta, sería exactamente lo mismo: pasar tiempo de calidad con nuestros seres queridos y llenar ese tiempo de ternura, amabilidad, sorpresas, dedicación, cariño.

Con un amigo o una amiga, con nuestra pareja, con nuestro padre o nuestra madre.

Un tiempo de calidad, bien invertido y disfrutado es un engranaje necesario para la buena autoestima. No solo vivimos de luz, aire, agua y alimento: necesitamos todos una buena y sana dosis de caricias cotidianas.

Por eso mi consejo es que pases tiempo de calidad entregada con todas las personas que hacen que tu vida sea mejor.


La segunda clave: la mirada apreciativa


Hay quien la confunde con una mirada consentida.

Es decir, aceptar cualquier comportamiento de una niña o un niño.

Pero no me refiero a esto.

La mirada apreciativa es una forma de no negar lo que hay, sino de poner el foco en las bondades. De aceptar el espacio y los talentos de los demás. De reconocer subrayando lo valioso del otro.

Y en este caso, creo que es fácil considerar el poder de la mirada apreciativa cuando no la percibimos en los demás.

¿Qué sucede cuando no le otorgamos el mérito a los más pequeños?

¿Y cuándo no les reconocemos sus logros o cuando achacamos un “pero” a una buena actuación?

Le estamos quitando un valor esencial para reconocerse a sí mismo y a sí misma como una persona buena, valiosa y capaz.

Aunque puedan cometer algún acto torpe, descuidado o vago. No importa, mientras seamos capaces de reconocer también sus virtudes, pues todos las tenemos y debemos ayudar a los más pequeños a potenciarlas. Y mostrarles cómo hacer para crecer.

El mejor mensaje es el ejemplo sobre el que luego podemos dialogar. Amar y hacer.

Sin embargo, algo que les sucede a muchos adultos con sus hijos (y también consigo mismos) es que se miran, pero no se ven.

Se oyen, pero no se escuchan.

Se cruzan, pero no se encuentran.

Y eso es muy triste.

No se conocen, y no se reconocen.

Solo ven los huecos que no han sabido llenar (todavía) y exigen a los más pequeños aquello que no lograron para sí.

Muchos pequeños y pequeñas parecieran estar ahí para satisfacer las frustraciones no realizadas de sus figuras parentales.

Un comportamiento que se perpetúa, hasta el punto en el que ya no hay diferencia entre el adulto y el niño o niña que fue.

Ese es el pecado original que se perpetúa hasta que un adulto decide romper esa cadena desde el amor, la entrega, el respeto y dejar de proyectar a sus hijos las frustraciones de la cadena de la constelación familiar.


Reconoce a la otra persona desde lo que es y no lo que te gustaría que fuera. Valora lo que ya es. Ámalo. Agradécelo. Cuídalo.


Estas son dos primeras claves para comenzar.

Y las resumiré de la siguiente manera: disfruta de la compañía plena de tus seres queridos y acéptalos tal y como son. La puerta al paraíso se llama aceptación y su llave se llama gratitud.

Si prefieres que te explique estas dos primeras claves, puedes echar un vistazo al siguiente vídeo en el que te cuento con mayor detalle cómo funciona el tiempo y la mirada apreciativa para reforzar la autoestima.

Un fuerte abrazo,
Álex Rovira







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