Por qué todos se empeñan en que cambie?


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17/04/2021 | #N75503
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Como Benjamin Hardy, un prestigioso psicólogo estadounidense, que en su libro ‘Personality Isn’t Permanent’ (“La personalidad no es permanente”), sostiene que en absoluto poseemos una serie de características fijas en nuestra manera de actuar o de ser. Para él, la personalidad es un conjunto de habilidades que se pueden ir aprendiendo con el tiempo y que acaban modificando “nuestras actitudes y comportamientos constantes, la forma en la que nos presentamos a distintas situaciones”,

Coincido con él en eso de que cuando te ves como algo fijo, tu capacidad y sobre todo tu voluntad para cambiar queda atrofiada. No es que no podamos, es que no creemos que podamos hacerlo.

Me encanta descubrir que Hardy distingue entre personalidad e identidad. Definiendo identidad como la manera en la que elegimos definirnos a nosotros mismos. Me seduce su idea de que tengamos “dos capas”: lo que somos y lo que elegimos contar que somos. O sea, las etiquetas que nos ponemos a nosotros mismos. Y que, acaban pesando como una losa.

Siempre me resultó curioso el ver cómo, en términos de desarrollo personal, las personas nos dividimos en dos grupos. El de los que, vista la necesidad del cambio, enseguida se ponen manos a la obra. Y el de los que, por mucho que todos insistan, se resisten como gato panza arriba, acabando por creerse todas sus excusas. Incluida la de que no están cambiando

Ya sé que hay muchos psicólogos ilustres que defiende que la personalidad se define en los primeros 5 años de vida y que luego solo se matiza para asentarse definitivamente alrededor de los 30.

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Pero yo, con toda la humildad, no lo creo.

Porque he visto muchas veces que no es así. He visto a gente cambiar como de la noche al día tras una experiencia vital dura. Bien a peor, movidos por la apatía y la inercia. O bien hacia una reinvención positiva y luminosa. Movidos por un propósito y una voluntad fuerte y decidida.

Y he aprendido de mi propio proceso de cambio algunas pequeñas verdades:

Si nos abrimos la ventana a cosas nuevas, alguna entra en nuestra casa.
Si escribimos lo que pensamos, adquirimos un compromiso con nosotros mismos.
Si mantenemos el esfuerzo de repetir una cosa una y otra vez, todos adquirimos un hábito. Y lo hacemos sorprendentemente rápido.
Si admitimos que podemos cambiar, dejamos de tensionarnos por el miedo a no ser capaces de hacerlo.
Si somos capaces de visualizarnos, sin confundir sueños frustrados con carencias en nuestra personalidad, hemos dado el primer paso.
Si dejamos que la apatía nos guíe, sin establecer metas ni objetivos, estamos “besando la muerte”. Como decía Ramón Gómez de la Serna en una de sus greguerías.
Si eres de los del “yo soy así, y nunca cambiare…” te animo a darte una oportunidad para aceptar con fluidez el cambio.

El cambio es bueno. El cambio es sano. Y es que, además, nos guste o no, el cambio sucede de manera inevitable. Todos cambiamos con el mundo y nadie es ya quien solía ser.

Hasta en quien no es capaz de verlo.

¿No es mejor tratar de liderarlo que permitir que te arrastre sin control

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