*Sobre Pasiones y sus Usos*

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30/05/2021 | #N75776
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Las tres grandes pasiones del ser -el amor, el odio y la ignorancia- guardan misteriosas conexiones entre sí, de tal modo que bajo ciertas circunstancias los pasadizos secretos que las unen se dejan ver por un instante, como iluminados por el resplandor de un relámpago en la oscuridad. No hay amor que no lleve consigo la posibilidad latente del odio. Los crímenes pasionales, más conocidos en la actualidad como feminicidios, son una desgraciada y teratológica versión de esa mezcla que tiene su razón de ser en la compleja composición de la subjetividad. Podríamos calificar a Otelo como un despreciable representante del patriarcado ruin, aunque sospecho que Shakespeare tenía un propósito un tanto más profundo cuando escribió esa tragedia. Los celos, en los que el amor y el odio pueden alcanzar el clímax de una cópula fatal, no son fácilmente erradicables mediante la educación en los valores de la igualdad y el respeto, valores indiscutibles, pero que en la mayoría de los casos tropiezan con la tenacidad con la que los hombres y mujeres son devorados por la dinámica de sus pulsiones, arrastrados por ellas muchas veces en contra de los ideales a los que desearían acomodar el régimen de sus vidas. Si la mitología griega cautivó a Freud y lo auxilió en los pasajes más arduos de su obra, proporcionándole las metáforas que le permitieron salvar el desfallecimiento de las palabras, fue porque reconoció en ella la proyección de lo humano en los dioses. El espectro que va del sublime amor hasta la más abyecta crueldad, pasando por todas sus posibles combinaciones, encuentra en el mito más verdad que en las filosofías de cualquier época, razón por la cual Freud se mantuvo firme al negarle a su descubrimiento cualquier filiación con alguna clase de concepción filosófica. Lo imperdonable de su obra fue retratarnos como somos, en lugar de esforzarse por construir el modelo ideal de lo que deberíamos ser.
No olvidemos la ignorancia, pasión sobre la que toda defensa se construye. Una pasión que no se confunde con la ausencia de ilustración o cultura. Se la puede hallar en el más sabio de los hombres, especialmente en ellos, sin duda, que auscultan el devenir de los cielos y los secretos invisibles del universo, al tiempo que eso no les impide desconocer lo que tienen delante de los ojos. Pasión favorita de la Iglesia, la ignorancia condenó a Galileo y Copérnico a aumentar la lista del Index librorum prohibitorum, el catálogo de libros prohibidos promulgado por el Papa Pío IV el 24 de marzo de 1564, y que conoció cuarenta ediciones hasta que Pablo VI lo suprimió en 1966.
Hubo (y subsisten) ignorancias más asombrosas aún, como la del ginecólogo británico William Acton que en 1857 escribió que “Felizmente para ellas, las mujeres no sufren las complicaciones de sentimientos sexuales de ninguna clase”. Mientras las miradas estaban puestas en las trayectorias celestes, y los conocimientos anatómicos fueron notablemente precoces, el clítoris permaneció en la oscuridad durante siglos, hasta que el anatomista alemán Georg Ludwig Kobelt proporcionó por primera vez en 1844 una descripción más o menos correcta de ese órgano, así como la primera hipótesis relativamente plausible sobre su función, en la que hasta entonces los hombres habían proyectado los fantasmas más inverosímiles. Valga el ejemplo de Galeno, para quien el orgasmo clitorideano era imprescindible para asegurar que la mujer quedase embarazada (una relación necesaria entre el placer y la función reproductora que modeló la concepción de lo femenino durante siglos), o la creencia de que la violación no podía jamás dar lugar a un embarazo, por ausencia del placer que la mujer debía aportar para que la semilla hallase el terreno adecuado donde prosperar.
La fabulosa desproporción entre el saber científico y la ignorancia sobre el “continente femenino” (una metáfora desorbitada que traduce la inmemorial fantasía de dominio y colonización), fue destacada por Freud al comienzo de su conferencia “La femineidad” : “Sobre el problema de la femineidad han meditado los hombres en todos los tiempos”. Para acentuar aún más su introducción, cita los versos de Heine: “Cabezas tocadas con tiaras ornadas de jeroglíficos/cabezas con turbantes y cabezas con gorros negros/cabezas con pelucas, y mil otras/pobres, sudorosas cabezas masculinas”. Sacerdotes, filósofos, científicos, jueces, todos ellos son atrapados en su patética ignorancia (“pobres, sudorosas cabezas masculinas”) por la certera ironía de Heine en el poema “El mar del Norte”. Aún hoy, la pasión de la ignorancia se vale de retorcimientos interpretativos supuestamente legales con los que algunas sentencias jurídicas camuflan el desprecio hacia lo femenino, una pasión que constituye en sí misma un subcapítulo del odio y que se demuestra sustancialmente provechosa para el ascenso de la ultraderecha. Mediante una campaña que conoce muy bien los resortes más íntimos del sujeto, no resulta muy difícil lograr que el inconsciente haga de las reivindicaciones de las mujeres el chivo expiatorio del odio que las clases más agraviadas cultivan mientras se desintegran en la oscuridad de las ideologías. Inteligente argucia del capitalismo, que ha sido trans desde sus inicios. El único sistema que domina el arte del transformismo, y que puede camuflarse en todos los entornos y momentos de la historia. Ahora se ha convertido en prestidigitador de las pasiones, y las disemina con el abracadabra de los algoritmos y la multiplicación en red. Lo intenta también con el amor, al que parece haber encerrado en el supermercado del Tinder (que significa “yesca” o “combustible”, lo que sirve para encender el fuego) pero hay algo allí que se resiste, pese a los fúnebres vaticinios de gente inteligente como Eva Illouz, quien en su último libro hace un admirable esfuerzo para demostrar que Eros agoniza.
Divertida crónica la de Katharine Smyth, escritora en Brooklyn, cuando en uno de sus artículos reflexiona sobre su anorgasmia. Le pregunta a su amiga Lizzie (a la que por lo visto le sucede lo mismo) si acaso podrá ser que ambas experimenten el orgasmo pero no lo sepan. Lo que probablemente la escritora neoyorquina no sepa, es que Lacan se preguntó exactamente lo mismo, poniendo así en duda la idea de que existe la frigidez femenina. Si así fuese, ¿qué clase de ignorancia sería esa?

*Gustavo Dessal / Psicoanalista

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