Torremolinos y el círculo abierto

Escrito por
@HRUIZEC

07/10/2024#N86214

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Torremolinos y el círculo abierto

Es jueves y Fernando está de regreso de una gira de negocios de cuarenta y cinco días por el este europeo que lo devuelve a Torremolinos muy cansado.

Está volviendo a su piso a la hora en que el Mediterráneo se vuelve negro de penumbras, y ahora particularmente el viento comienza a soplar con intensidad, haciendo sonar los toldos y flamear enloquecidas las ropas colgadas en los balcones, como para recordar que este día vivido de sol radiante y temperatura primaveral, no condice con este Febrero de invierno.

Al menos, en estos días pudo dejar de pensar en Andrea, esa mujer que le resulta difícil de amar pero muy fácil de extrañar.

Sin embargo, pareciera que llegar a su pueblo le devuelve la maraña de pensamientos sólo suspendida por el viaje y vuelve a recrear esa relación complicada, con idas y vueltas y reproches mutuos de incomprensión sin encontrar un camino que los uniera, porque lo suyo era transitar una continua encrucijada, casi laberíntica.

A Fernando literalmente lo enloquecía las reacciones inesperadas de Andrea, la falta de orden en sus ideas y su nula consideración por el futuro. Y esto también lo atraía, por oposición a sí mismo.

Por un momento vuelve al presente y se enfada por lo de siempre, no encontrar lugar para aparcar el coche cerca del edificio, sino a varias calles de distancia.

- Pues bien, venga – se dice, y comienza a andar tirando de una maleta, trepando la cuesta de La Loma de los Riscos, lo que le hace desear aún más repantigarse en el sofá cuando llegue y beberse una cerveza. Toma por Roquedal y recuerda lo que maldecía esa trepada Andrea. Otra vez Andrea en su mente. Pero ¿por qué, si se juró que se la sacaría de la cabeza? Por fin, último trecho, girando a la izquierda y por suerte en bajada por Río Darro.

Y ahí está, sentada en el capó de su Mini Cooper, pantalones y chaqueta negros, fumando su clásico cigarrillo, con un gorro que casi le tapa los ojos.

Pero ninguno de los dos sonríe. Se miran como midiendo la reacción del otro. Andrea no se baja de su coche y Fernando detiene su marcha como a dos metros de ella.

Pareciera como que se ha detenido el tiempo y ya no hay viento sino un torbellino invisible de sentimientos que pugnan por manifestarse e imponerse torpemente.

Andrea lleva su cabeza hacia atrás, lanza una bocanada de humo sin quitarle la vista de encima a Fernando. Por fin se para, arroja el cigarrillo a la calle y lo apaga con la bota de su pie derecho, se monta en el coche, le da una última mirada a Fernando, que aún permanece sin reacción y echa a andar despacio, muy despacio.

Andrea se aleja lentamente, mirando por el espejo retrovisor a Fernando, que no ha volteado para verla y sigue sin moverse, hasta que dobla la esquina y no le ve más.

Quizás esto sea una señal de lo que sucede en realidad, piensa Andrea: me alejo hasta perderle de vista y Fernando no quiere verme partir…o no le importa.

Como sea, ¿qué impulso me lleva a buscarlo? Es más, yo ya tengo otra relación.

Otra relación para llenar un vacío…de horas, no de amor.

A los pocos metros aparca el coche, apaga el motor, prende un cigarrillo con manos temblorosas, pone música.

Baja la ventanilla del coche para aspirar un poco del aire húmedo y frío de la noche, tal vez para enfriar su infierno de sentimientos.

- Mientras Fernando estuvo afuera traté de olvidarlo – dice ahora en voz alta Andrea como queriendo escucharse razonar, o mejor dicho, divagar. Pero volvió y eso me inquieta. Me inquieta que esté ahí, solo. ¿Habrá pensado en mí desde la última vez que nos vimos? ¿Desde la última vez que le dije que no lo amaba?

Ahora abre la puerta del coche, se baja y la cierra con bronca. Golpea el techo del Mini Cooper, una, dos, tres veces con bronca, hasta que le duele el canto de la mano. Un gato pasa raudo asustado por los golpes y desaparece bajo unos ligustros.

- ¡Y la madre que me parió! – grita desesperada y su grito retumba en la calle filtrándose en el vaivén de los árboles sacudidos por el viento. Si él me dijo mil veces que me amaba – balbucea en un susurro Andrea.

Se sienta en el cordón de la acera, casi en posición fetal, abrazándose las rodillas con sus brazos y balanceándose hacia atrás y hacia adelante como acunándose.

Con un gesto de fastidio se quita el gorro y su melena rubia le cae como una catarata sobre los hombros, que menea de un lado al otro preguntándose repetidas veces por qué, en un crescendo que termina en un llanto acongojado y otro grito desgarrador:¿Por qué digo que no lo amo?

Vuelve al coche, su cara es la imagen de la desolación y la desesperanza, mientras no puede quitarse de la cabeza las palabras de despedida de Fernando: “siempre estaré”.

Ahora enciende el motor pero titubea qué marcha poner. Al cabo de un rato, pone la primera y sale. Pero ella hubiera querido pegar la vuelta y abrazar a Fernando con todas sus fuerzas, al menos por esa noche.

Por fin, Fernando baja la vista, cierra los ojos y exhala lentamente, más que aire, toda la tensión que había sido capaz de acumular en esos minutos.

Entra a su edificio a paso resuelto, sube las escaleras y entra a su apartamento mecánicamente, casi buscando refugio.

Abre la heladera, coge una lata de cerveza y se la bebe de un trago, como si viniera del desierto muerto de sed.

Y se echa a reir, como un loco, desenfrenadamente.

Se acuerda que tiene que encender las luces, y eso es un nuevo motivo para otra carcajada.

Pasa al aseo y se mira en el espejo, todavía riendo, y eso le provoca aún más risa.

- ¡Gilipollas, tío, eres un condenado gilipollas! – se increpa a sí mismo, mirándose con un gesto entre agresivo y patético.

- Resulta que estás feliz de volver a verla – se dice desafiante acercando su rostro al espejo hasta tocarse con su propia imagen.

Ahora es el turno de un whisky, medida doble y apenas un cubito de hielo, que bebe –otra vez - de un trago. Se hace unos buches con el cubito, lo lanza al aire y le da de voleo para incrustarlo en la lámpara del estar, que se bambolea por el impacto

Más whisky. Se supone que no la volvería a ver. Se supone que la odiaría. Pero heme aquí que estoy feliz de verla.

Ahora se desliza hacia el sofá donde lo espera su merecido descanso después de tan largo viaje.

Y piensa qué cosa extraña es el amor, ingobernable, incontenible, a veces dulce, a veces amargo, a veces solitario, incomprendido.

Y ya no hay más pensamientos, sino un sueño profundo, misterioso, ese sueño que lleva a regiones lejanas de paz o de temores, y que nos puede devolver a una realidad cruel e insoportable, lamentando haber despertado.

Sueño tan pesado como para escuchar los reiterados llamados a su móvil, y al final el mensaje de Andrea en el buzón de voz: “Fernando, no paro de pensar en ti…no te quiero, lo siento”.

Después del sueño soporífero, y con la típica resaca producida por el exceso de alcohol, un rayo de sol que se ha filtrado por una de las ventanas del estar le da directo en la cara y le encandila los ojos. Lo siente como una agresión, como un horrible despertar a la realidad que no hace más que aumentar su jaqueca.

A duras penas puede llevar un cojín a la cara para evitar la claridad, caer en cuenta que está de vuelta en su piso de Torremolinos y que vio a Andrea en algún momento anoche.

Una vez que toma conciencia de su ubicación, se frota los ojos y se incorpora para ir a ducharse. Antes escucha el mensaje de Andrea y menea la cabeza en señal de desencanto.

Cuántas veces se han encontrado y desencontrado. En realidad, cuántas veces ha aparecido Andrea aparentemente decidida a intentar una relación, por lo general sin hablar de amor porque no lo sentía como debería, y luego desaparecía justificando su retirada por no experimentar más que sentimientos confusos.

Un primer chorro frío lo espabila de una vez, hasta que sale el agua templada y siente la primera sensación placentera del día.

Andrea, por su parte, tampoco pasó una buena noche, pero igual amanece temprano, de todos modos y como todos los días.

Lo primero que hace es poner el telediario para enterarse de las noticias. Más tarde le sigue la música, que sonará por horas a lo largo del día, porque no soporta el silencio. Será que no lo necesita para ordenar sus ideas y pensamientos, que suelen desfilar frenéticamente. Así, sus decisiones son impulsivas y no están basadas en razonamientos lógicos sino instintivos, y por lo general no son definitivas.

Tampoco se le escapa que anoche tuvo el impulso de ver a Fernando y luego volvió a su comportamiento habitual de huir de la escena, en un juego entre inmaduro y perverso. Ella sabe que Fernando le profesa ese amor paciente, a prueba de sus histerias, que ella no entiende pero que a la vez la seduce porque lo siente siempre presente, a pesar de todos sus desplantes. Pero muchas veces se pregunta hasta cuándo durará esa incondicionalidad de Fernando. Hoy, por ejemplo, siente que se acerca un desenlace aunque no vislumbra de qué manera se producirá.

Fernando ya se siente recuperado tras la ducha matinal y se dispone a beber su primer café del día mientras ordena sus papeles de trabajo que trae algo desordenados de su gira de negocios. Lo hace displicentemente, al fin y al cabo vuelve de un viaje agotador y ya casi es fin de semana.

Andrea sale a su terraza y siente una brisa fría que la hace tiritar. No obstante le agrada la sensación de sentir frío porque el respirar unas buenas bocanadas de aire puro la hacen sentirse viva.

Sin embargo esta vez unas débiles lágrimas al principio, más densas luego, la conmueven y le entrecortan la respiración. Piensa en su soledad no deseada y todas las circunstancias que ha tenido su vida, que consciente o inconscientemente la han llevado a este presente desamorado y precario. Ahora nota con preocupación su incapacidad de amar. Y eso la hace infeliz, por más que pretenda negarlo ocultándose tras una coraza, otrora de acero, hoy apenas de hojalata. Y hasta parece darse cuenta con espanto que no puede amar a Fernando porque no termina de ser su propia versión en masculino.

Fernando pone un cd con la octava sinfonía de Mahler. Esta mañana se siente grandilocuente. Se acerca a la ventana para ver el Mediterráneo, con su hermoso color turquesa bañado por un sol radiante. Si estuviera Andrea sería un día perfecto, piensa. Y se ve tentado de coger el móvil y llamarla. Pero descarta su intención porque tiene presente el mensaje contundente dejado por ella anoche.

Se pregunta si ella no es una obsesión más que un sentimiento de amor y compasión porque la ve débil, enredada en su propia telaraña de confusión.

No hay momento del día en que no le dedique un pensamiento, pese a todo. Porque Andrea deja marcas. La prueba está en su piso, decorado con cuadros y objetos que dispuso ella, y que remiten irremediablemente a su presencia.

Andrea quiere encender un cigarrillo pero presa ya de un temblor irrefrenable no puede manipular el chispero que se le cae de las manos. Entiende que no se trata solamente de la baja temperatura sino de un escalofrío que le recorre el interior de su cuerpo y que proviene de su alma atormentada. Cae de rodillas, ahora sí en un estado de total desamparo, como nunca había sentido antes. Y su llanto ahora es incontenible. Es como haber tocado fondo, sentirse abandonada a su suerte, ahogada y no tener a nadie a quien recurrir, a nadie a quien rogarle ayuda. Sentir que necesita ser abrazada, salvada, nada menos.

A duras penas se incorpora, y con el rimmel dibujando un sendero grotesco de sus lágrimas en sus mejillas se dirige al lavabo para asearse y verse en ese estado extremo de indefensión y soledad.

Ahora nota que las arrugas de su rostro son algo más que las huellas de la vida por las que decía sentir orgullo, sino más bien parecen heridas de guerra, de derrotas dolorosas. Inclusive su hermosa sonrisa ha perdido brillo.

De pronto siente un gran cansancio, que todos sus esfuerzos por verse bien son para mostrar una imagen que no siempre condice con su espíritu sufrido. Sabe que suele impresionar agradablemente a la gente que la rodea, y aún a aquellos que recién la conocen. Es increíble como todos toman algo de ella, tal su aura de energía.

Y así, en un estado de contrición y casi de expurgación de su alma, como quien va a iniciar una nueva etapa en su vida, sale de su urbanización de Benalmádena, se monta en su Mini Cooper para ir a La Marina, comer un pescaíto, beber una copa de vino y fumar, claro.

Fernando, contrariando su propia decisión de no contactarle, le envía un mensaje al móvil, invitándola a encontrarse, quizás a almorzar por ahí. Y como de costumbre espera ansioso la respuesta de Andrea, sabiéndose en un círculo: con ella todo termina y luego vuelve a empezar, así siempre… o casi siempre.

El mensaje suena en el móvil de Andrea que está a metros de su cuerpo después del vuelco en la autopista A-7, extrañamente en dirección a Marbella. Está de espaldas en el asfalto con los ojos abiertos, y piensa que nunca vio un cielo tan azul.

H. Ruiz Echazú ©

 

Comentarios

@BETIANABIB

10/10/2024

Muy bueno el relato, donde las dudas afectivas de los protagonistas, sólo logran concretar un triste encuentro final. Gracias, @HRUIZEC, por compartir!  
@HRUIZEC

10/10/2024

Gracias Betiana.  

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Me llamaría una persona muy sonriente, con un humor negro extremo. Me encanta r

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