Un café, una historia
Escrito por
@HRUIZEC
Cuando paró de llover salieron del Montecarlo y tomaron por Ravignani. Ella había hablado largamente, como liberando las angustias que la torturaban desde hacía un tiempo.
Iban caminando uno al lado del otro, en silencio, pero al llegar a Santa Fe ella no se pudo contener: se puso frente a él y le rogó: “abrazame fuerte por favor”.
Hay momentos en que el alma no puede cargar tantas penas y necesita un poco de paz, de consuelo, y los encuentra donde menos los espera.
Horas antes, en aquella tarde de otoño llovía torrencialmente en Buenos Aires. Paula viajaba en el 39 ensimismada en sus pensamientos, mientras miraba pasar las calles desiertas de gente pero llenas de agua, hasta la parada de Armenia y Santa Fe donde tendría que andar tres cuadras hasta su casa bajo la lluvia. Pensaba que el día no era más que un reflejo de su estado de ánimo, así, tormentoso, impiadoso.
De hecho, cuando el cristal de la ventanilla se empañaba, podía ver su rostro demacrado como en un espejo, con sus ojos vacíos de emociones, tan distintos a aquellos que solían brillar siempre, acompañando su sonrisa casi permanente de otros tiempos.
Cuando el colectivo paró en Ravignani y Paraguay sintió el impulso de bajarse para ir al bar Montecarlo, quizás porque estaba ahí nomás, quizás porque un café le aplacaría el frío, quizás porque le costaba volver a su casa.
Entró al bar y de inmediato sintió que su ambiente cálido la confortaba brindándole una tregua a su ánimo y tibieza a sus ropas mojadas.
Eligió una mesa frente a la ventana desde donde podía ver pasar apurada a la gente tratando de escapar de una lluvia pertinaz, a la que se sumaba un viento helado, que además convertía en inútiles los paraguas.
Uno de esos transeúntes entró al bar empapado, como buscando refugio. Sí, esa era la mejor definición para alguien que viene como a la deriva y llega finalmente a un puerto.
Miró el interior del bar como haciendo un reconocimiento del lugar y las personas que como él estaban a recaudo del clima hostil de afuera.
Su mirada se topó con la de Paula y ambos expresaron un gesto que oscilaba entre la extrañeza y la sorpresa. ¿Paula? ¿Javier?
Viejos conocidos de veranos pasados en la playa con sus respectivas familias que hacía unos años no se veían, y mucho menos, en Buenos Aires, lejos del mar.
Los saludos de siempre, los de circunstancia, el clima, ya se sabe, cosas triviales.
Y pidieron café, el vehículo perfecto para comenzar a andar historias.
Javier era para Marina, un “conocido de la playa”, simpático, igual que su esposa. Pero ahora estaban ahí, compartiendo un momento que se transformó en horas de conversación, en realidad, casi un monólogo de Paula, que apenas se reconocía hablando con Javier de cosas íntimas del mal momento de su matrimonio, en una catarsis imposible de controlar.
Por momentos revolvía el café con la cucharita como si quisiera encontrar una respuesta en el fondo del pocillo, y también para evitar pudorosamente la mirada de Javier, la que juzgó dulce, comprensiva.
Íntimamente sabía que más que un interlocutor necesitaba liberar la angustia que oprimía su pecho a través de las palabras que salían a borbotones de sus labios, y que encontraban a alguien que generosamente las escuchaba.
- Disculpame Javier – le dijo Paula avergonzada – no se por qué te estoy contando todo esto. De verdad, disculpame.
- Desahogate tranquila Paula – le dijo Javier sinceramente, a la vez que le tomaba tiernamente sus manos con las suyas en un gesto cariñoso.
Y Paula bajó la vista, sus ojos nublados por lágrimas, y ya no pudo hablar más.
Pensaba en todo lo que contó y sintió un poco de vergüenza, pero a la vez pensó en que Javier sólo sería ese buen tipo que la escuchó en una tarde de debilidad y a quien sólo volvería a ver ocasionalmente algún verano.
La angustia no desapareció, por supuesto, pero se sintió más aliviada y a Paula la reconfortó sentir el calor de las manos de Javier tomando las suyas. ¿Cuánto tiempo hacía que no recibía un gesto sincero de cariño? ¿Cuánto tiempo hacía que no se sentía tan contenida por un hombre?
Pagaron los cafés consumidos y salieron a la calle en un estado de sosiego y paz que hacía tiempo ninguno de los dos sentía.
Héctor Ruiz Echazú(c)
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