Un Día Domingo (Cuento publicado en "La Gran Aldea"
Escrito por
@ABBLE
Al sentarme en el banco del Jardín Botánico -aún público en aquel entonces- no podía imaginar las consecuencias que aquel acto trivial tendría para mi vida.
El domingo a la mañana me desperté descansada, no como de costumbre que me canso tanto durmiendo que necesitaría comenzar a dormir nuevamente. Me bañé y arreglé, elegí la ropa más adecuada para el paseo que iba a dar, tuve en cuenta el pronóstico del tiempo, aclaré mi rostro con los cosméticos, me perfumé y salí con mi diario (tal vez me fuera útil para elegir una película para la tarde).
La primera visita proyectada fue por el barrio lindero entre Palermo y Chacarita -cerca de Juan B. Justo-. Recorrí las calles soleadas, siempre eligiendo la vereda del sol; en primavera solía olerse a jazmines de diversas variedades. Paré en un kiosco y me proveí de cigarrillos y creo que también compré caramelos.
Llegué al lugar de la cita acordada, no había nadie. -Habrá que ir aceptando -pensé- que las citas no pueden ser acordadas con más de tres días de anticipación, éstas suelen fracasar casi siempre.
Sin el malhumor que me habría provocado este desencuentro -yo siempre fuí fácilmente irritable- porque ese domingo me había despertado descansada, seguí caminando. Mi camino ahora sin rumbo cierto me conducía hacia un primer objetivo urgente: un teléfono que me comunicara con quien había concertado el encuentro.
Y así caminando parsimoniosamente, como no me fue posible hallar un teléfono público sin glotonería de fichas y ni siquiera con sonido a teléfono vivo, llegué casi sin quererlo a caminar tres kilómetros.
Ya después de tanto caminar logré una comunicación telefónica acordé una cita inmediata. Y decidí esta vez no desencontrarme.
Charly García (que estaba muy de moda en esa época) había hecho algo con el Himno Nacional, no sé bien qué porque había comenzado a leer la noticia en el colectivo y suspendí la lectura para emprender la caminata. Quince minutos de demora no afectarían de ningún modo mi cita -pensé- y como la parada del 188 que debía tomar para ir hasta la calle Brasil estaba justo frente a la tentadora puerta del Jardín Botánico (que aún era gratis) entré pensando en leer la nota que tenía inconclusa y seguir luego hacia Brasil y Dean Funes.Busqué el banco más alejado de ruidos y gentes que pude y me acomodé para leer la nota del diario que no había podido terminar de leer.
Mi vida había sido normal, con todos los conflictos normales que padecíamòs los infelices habitantes de la Ciudad en esa época. Iba rigurosamente a mis dos sesiones semanales con mi terapeuta, trabajaba, investigaba, enseñaba a alumnos particulares, nunca llegaba a cumplir a término con los compromisos adquiridos. Siempre tratando de hacer cosas imposibles. Nunca Llegando a cubrir mis gastos con holgura.
Pero en el momento en que me senté en el banco del Botánico -en aquella época aún público- me sentí sosegada. No se, tal vez por la gran cantidad de oxígeno que allí se respiraba o tal vez por el silencio que se oía, creo que me dormí por un instante.
El se acercó al banco y no pude impedirle que se sentara (al fin y al cabo era público), tampoco pude impedirle que interrumpiera mis pensamientos con su conversación - esta altura había ya resignado mi lectura-. Conversamos, caminamos, tomamos te. Volvimos a conversar caminando por el Rosedal, en esa época era un jardín muy bello y en primavera los rosales se colmaban de pimpollos. Aunque me embargaba un romanticismo cósmico, la brisa por momentos llegaba a fastidiarme (no se había instalado aún la cúpula de aire climatizado).
Ese día volví muy tarde a casa, y recordé que finalmente no había ido a Brasil y Dean Funes, mañana llamaría por teléfono y me disculparía con alguna excusa. Hice Io que acostumbraba a hacer antes de irme a dormir y me acosté.
La mañana del lunes intenté desde muy temprano escuchar las noticias por la radio, pese a las interferencias logré escuchar algo acerca del Botánico y de Palermo.
Según decían eran las zonas menos afectadas de la ciudad, parecía que una corriente electromagnética producida por descargas eléctricas atmosféricas había ocasionado graves daños al sistema telefónico y de comunicaciones de la Ciudad, incluso todavía los bomberos intentaban apagar focos de incendios que se sucedían unos a otros.
Durante una semana no pude salir de mi casa y tuve que cerrar todas las ranuras de puertas y ventanas para que el viento, tórrido, que golpeaba las paredes no se infiltrara por todas las hendijas.
Nunca supe exactamente que fue lo que ocurrió, recuerdo que los meses siguientes, cuando lograba conseguir un Página 12 clandestino, mencionaban que Buenos Aires había sido el inicio de las prácticas para ensayar una nueva arma que afectaba de tal modo la atmósfera, que sin causar daño a los animales y plantas, se lograba por modificaciones locales en los campos magnéticos destruir todas las redes eléctricas y de ondas electromagnéticas. Lógicamente quienes escribían estas informaciones les daban tal coherencia que yo me las creía.
Durante muchos años tuvimos que acostumbrarnos a vivir como cavernícolas pero algunos sobrevivimos.
Ahora tenemos nuestro propio jardín y aunque no sabemos que ocurre en otras partes del mundo, nos contentamos con leer viejos libros y diarios antiguos, tratamos de imaginar cómo -serán otras ciudades.
Extraño un poco el cambio de las estaciones pero consigo en el Shopping Central un aroma sintético muy similar al de los jazmines que perfumaban Buenos Aires en primavera. Cuando estoy nostálgica (que a los 117 años es una enfermedad muy común y corriente) rocío mis plantas desecadas y les agrego pimpollos sintéticos.
A veces los días en que por fuera de la cúpula parece haber alguna tormenta nos imaginamos que cuando deje de llover tal vez podamos ver el sol del amanecer.
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