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@KRISOL

07/05/2025#N87963

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Enamorarse, expresión que suele para algunos causar terror, pero en realidad conlleva dentro de si, un acto de fe y de coraje.

Filosóficamente, nos enfrenta al límite de nuestra individualidad. Simone Weil decía que “el amor es un consentimiento a la distancia, es tocar al otro sin invadirlo”.
Enamorarse es, entonces, aceptar que el otro no nos pertenece, pero nos convoca. Es permitir que la alteridad nos transforme, que algo fuera de nosotros nos revele quiénes somos y juntos transitar.
Espiritualmente, enamorarse es un estado de gracia. Es abrirse a una energía que no controlamos, que nos trasciende y que, como decía Rumi, “nos talla para que podamos ser instrumentos de alegría”.
El amor, cuando es profundo, y liberado de los miedos, nos vuelve humildes, nos lleva a entregarnos sin saber el resultado. Pura incertidumbre.
En ese sentido, enamorarse es un portal hacia lo sagrado: no importa tanto la forma del vínculo, sino la vibración que despierta.
Desde lo psicológico, enamorarse puede ser un proceso profundamente movilizador. Carl Jung sostenía que “uno no se ilumina imaginando figuras de luz, sino haciendo consciente su oscuridad”.
Y el amor, muchas veces, es el catalizador que saca a la luz nuestras heridas, nuestras carencias, nuestros patrones. Pero también, en ese espejo que es el otro, donde encontramos una posibilidad de sanación, de crecimiento, de integración.
Enamorarse, en definitiva, es ponerse en riesgo, es saltar a un abismo.
Es entregarse a algo que no se puede controlar, que puede doler, pero que también puede dar sentido. Es permitir que el alma se despierte y vibre en su autenticidad.
LR.
 

 

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