La libertad de la silla de enfrente.

Escrito por
@MAG.HOW

18/12/2025#N89471

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La libertad de la silla de enfrente: Compartir la vida sin entregar las llaves

Hola de nuevo. Acá estoy, otra vez frente a la hoja en blanco, tratando de pasar en limpio lo que nos pasa cuando llegamos a los cincuenta con las valijas llenas de anécdotas y el corazón sin ganas de más trámites. Mi casa en la ciudad es mi refugio; un lugar donde los únicos que imponen condiciones son mis perros, que con un lenguetazo me recuerdan que el presente es lo único que importa. No es un departamento de revista, pero es mío, y en él conviven mis libros, mis plantas y ese silencio que tanto me costó conquistar. Sin embargo, a veces, mientras tomo un café mirando el movimiento de la calle, miro la silla de enfrente y pienso: "Qué desperdicio de vista".

Como les conté antes, ya no creo en esa "eterna novela" de la búsqueda desesperada ni en el catálogo de pantallas que nos hacen sentir que estamos eligiendo un electrodoméstico. A esta altura, ya soy una mujer entera. El problema no es que me falte algo; el problema es que me da una pereza infinita el "acting" del protocolo.

El laberinto de las formas (o por qué las motos no son lo mío)

A mis 50, la sola idea de una "primera cita" tradicional me genera un cansancio preventivo. Ese cuestionario tipo Interpol donde tenés que justificar tu existencia y, de paso, fingir que te interesa que el otro tiene como hobby el motociclismo. Me los imagino: cuero, velocidad y el ruido constante del escape... y yo solo pienso en mis caminatas tranquilas por el barrio, parando en cada vidriera o descubriendo un mural nuevo. No me malinterpreten: respeto el vértigo ajeno, pero mi adrenalina hoy pasa por una charla que te vuela la cabeza o encontrar un lugar escondido para comer rico.

No me casé, no tengo hijos y no tengo la menor intención de empezar a negociar ahora de qué color se pintan las paredes o con quién pasamos las fiestas. Mi libertad no tiene precio, pero a veces, esa misma libertad se siente un poco ancha cuando no hay con quién rebotar una idea.

El "Sí, pero..." de la compañía urbana

Estoy cansada de ir a todos lados sola. No porque no pueda —porque de hecho, lo hago siempre—, sino porque el placer se multiplica cuando se comparte. Lo que busco no es un "todo", es un "con".

Busco un cómplice. Alguien que entienda que podemos pasar una tarde de sábado recorriendo museos o caminando por la reserva de la ciudad, y un lunes cada uno en su casa, disfrutando de su propio espacio y sus propios ruidos. Un compañero de vida que no pretenda ser el dueño de mi agenda, sino el invitado de honor a mis mejores momentos. Alguien con quien compartir la vida, pero no toda la vida, ni todo el tiempo. Como esa magia que mencioné en mi otro artículo: lo que está por venir no tiene que ser un contrato, sino un encuentro real.

Un puente, no una jaula

Esto no es solo una cuestión nuestra, de las mujeres. Tengo amigos hombres que están en la misma sintonía. Estamos en esa etapa donde ya no queremos el ruido de la conquista vacía ni el aislamiento por decreto. Queremos la calidez de un abrazo y la complicidad de un codazo cuando vemos algo gracioso en el subte o en una plaza, sin el peso de una estructura que nos asfixie. Queremos a alguien que nos elija para el plan, no para ocupar un puesto vacante. Que el vínculo sea un puente para disfrutar más de la ciudad, no una carga para llevar.

La magia de la puerta entreabierta

A pesar de las pantallas y de la fatiga que a veces nos da el "empezar de cero", sigo siendo una optimista incurable. Creo que allá afuera hay mucha gente sintiendo este mismo deseo: el de cuidar su independencia sin renunciar a las ganas locas de compartir un vino, un cine o una caminata sin rumbo.

La buena noticia es que, a esta edad, ya no tenemos que seguir el manual de nadie. Podemos inventar nuestra propia forma de estar juntos. La verdadera plenitud es saber que no necesitamos a nadie para ser, pero que elegir a alguien para estar es el acto de libertad más hermoso que existe.

Así que, si me ves caminando por ahí con mis perros o sentada en un café de esquina, no pienses que estoy esperando que alguien me rescate. Estoy simplemente disfrutando del pulso de la ciudad mientras dejo la puerta entreabierta. Porque lo mejor de los 50 es que ya sabemos que la felicidad no es una meta lejana, sino ese momento mágico donde dos libertades deciden coincidir en la misma vereda.

¡Nos vemos en cualquier esquina, y no se olviden de mirar a los ojos!

 

Comentarios

@MARIA.R

18/12/2025

Excelente artículo Te felicitó!  
@CRISTINT20

19/12/2025

Siento parecido @MAG.HOW. No me planteo los encuentros desde un estado de necesidad sino desde las ganas de compartir desde mi completud. Muy lindo tu escrito. Gracias!