"Error" l¿¡Somos lo q Nos Paso!?7

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@DANTEX

17/02/2026#N89876

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En un tiempo marcado por la incertidumbre, el ruido y la exigencia constante de estar bien, hablar del miedo se ha convertido casi en un acto de valentía. Elsa Punset lleva años recordándonos que no estamos rotos, solo estamos aprendiendo. Que no somos nuestras caídas, sino lo que hacemos tras ellas. Y que uno de los mayores errores que podemos cometer es confundir lo que somos con lo que nos pasó.

En su nuevo libro, ‘Alas para volar’, la escritora reflexiona sobre el miedo al cambio, el peso del pasado y la necesidad de recuperar cierta coherencia personal para poder avanzar. En esta conversación con la Revista Lecturas, vamos un paso más allá de las trampas mentales que nos inmovilizan o de esos ‘gremlins’ —la pereza y el miedo— que sabotean nuestros proyectos. También entramos en su vida cotidiana: en sus rituales para atravesar los momentos difíciles, en los hábitos que la sostienen, en su relación con el fracaso, su infancia y la felicidad.





¿Por qué con la edad nos da cada vez más miedo el cambio?

A medida que cumplimos años, no nos bloquea la edad, sino la acumulación de miedo. Miedo a perder lo poco que ya hemos construido, a equivocarnos, a decepcionar, a quedarnos sin red. La mente se vuelve conservadora porque cree que proteger es paralizar. Es un aprendizaje defensivo.

En ‘Alas para volar’ explico que muchas veces no es tarde para cambiar, y que, aunque sea difícil de afrontar, es una suerte que se agote el relato que nos mantiene inmóviles. Si no, ¡no avanzaríamos nunca!

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¿Qué errores o trampas mentales hacen que nos aferremos tanto al pasado que olvidemos el futuro?

Una de las trampas más comunes es confundir lo que somos con lo que nos pasó.

Otra trampa es pensar que cambiar invalida todo lo anterior, cuando en realidad lo integra. Lo vemos en la naturaleza: nada se pierde, todo sirve para crecer y evolucionar.

También nos pesa mucho el miedo a dejar de ser reconocibles para los demás, a no pertenecer. Nos aferramos al pasado no porque sea necesariamente bueno, sino porque es familiar. Atrevernos a alejarnos de esta historia que nos contamos es el primer paso para recuperar nuestras alas.

Estilo de vida mujer
No somos lo que nos pasó: somos lo que elegimos hacer con ello.

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¿Y qué pequeño cambio podemos hacer en la vida para, haciendo alusión al título de tu libro, encontrar esas ‘alas para volar’?

Podemos empezar por un gesto pequeño, pero radicalmente honesto, como decir una verdad que llevamos tiempo callando, aunque solo sea para nosotros.

Yo, por ejemplo, intento, una vez al mes, pasar un día entero en el que solo digo la verdad. Eso suele meterme en líos, porque las personas que nos rodean están acostumbradas a que nos resignemos y disimulemos para sostener determinadas relaciones, proyectos o rutinas. Pero a mí me libera.

Es importante aprender a decir la verdad, sobre todo si eres mujer, porque probablemente te han entrenado para tomar siempre un segundo lugar o para que tus necesidades y emociones no estorben. Al final te sacrificas y olvidas quién eres. Hay que decir la verdad no para herir, sino para no seguir traicionándote.

Esa práctica la explico en el capítulo de ‘Alas para Volar’, ‘365 días para decir la verdad’, porque muchas alas empiezan ahí: en la coherencia personal.


Entrando un poco más en el terreno de lo personal, cuando tienes un mal día y las emociones te desbordan, ¿qué haces para no dejarte arrastrar por ellas?

Intento no huir de lo que siento ni dramatizarlo. Me digo: esto es un mal momento, no es una mala vida. También me digo: “Elsa, no estás en un pozo, estás en un túnel: hay luz al final”. Respiro hondo, bajo el ritmo y pospongo decisiones.

Otra estrategia que me resulta muy útil es encontrar algo que me da alegría para contrarrestar. Cada uno tiene que descubrir qué le devuelve la alegría y el centro. ¿Es llamar a un amigo? ¿Es salir a correr? ¿Es ir al cine a ver una peli amable? ¿Es hacer una siesta en el sofá? En mi caso, es el contacto con la naturaleza: un rato en un jardín, un paseo por el parque, echar unas semillas a los gorriones de la plaza, contemplar una luna llena…

Y cuando hay demasiado ruido externo, cierro los ojos y me imagino que soy una montaña: pasan las estaciones, el viento, la lluvia… Pero la montaña permanece. Se erosiona, cambia de forma, el paisaje es invernal o primaveral… Pero la montaña permanece. Es una especie de meditación. Necesitas un poco de tiempo y calma para sentir con todos tus sentidos la solidez y la fuerza de ser esa montaña.

mujer otoño
El miedo y la pereza no se vencen con fuerza, sino con constancia.

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¿Hay algún hábito en particular que te ayude a ti a lidiar con esos dos ‘gremlins’ de los que has hablado alguna vez, la pereza y el miedo?

Sí, Jung lo describía muy bien. Tanto el miedo como la pereza son dos enemigos formidables, porque da igual el talento que tengas; con miedo y con pereza no avanzas.

¿Cómo me enfrento a ellos? ¡Sobre todo no negocio con ellos por la mañana! El miedo y la pereza crecen cuando les damos demasiado espacio mental. Están allí, forman parte del paisaje humano, pero hay que darles voz de forma muy controlada.

A mí me ayuda empezar el día con una acción pequeña pero decidida: salir a correr, escribir unas líneas, pasear a mi perro. No espero a tener ganas. Empiezo, y las ganas vienen después. He aprendido que estos ‘gremlins’ no se vencen con fuerza, sino con constancia suave.

¿Qué es lo que te motiva cuando las cosas se ponen complicadas?

Me motiva recordar para qué hago lo que hago. Cuando las cosas se complican, vuelvo al sentido, no al resultado. Pienso en las personas a las que este trabajo puede acompañar, aliviar o dar palabras. Eso me saca del ruido y me devuelve a lo esencial. De hecho, eso me da una alegría profunda difícil de superar.

La motivación no siempre es entusiasmo: a veces es fidelidad a lo que importa.

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¿Cómo es una mañana normal en tu vida? ¿Qué hábitos construyen tu vida?

Los hábitos nos transforman porque no somos lo que pensamos o lo que decimos, somos lo que hacemos. Y eso es un problema, porque a los humanos nos cuesta cambiar esos hábitos mentales, emocionales y físicos aprendidos desde pequeños. Tendemos a vivir constreñidos por hábitos antiguos que no cuestionamos. Vivimos en piloto automático.

Como vivimos en la sociedad del conocimiento, tendemos a creer que saber muchas cosas nos va a cambiar. ¡Pero el conocimiento no cambia el comportamiento! Lo único que nos cambia es desarrollar nuevos hábitos. Y eso requiere tiempo, persistencia y trabajo. Para ayudarme en este sentido, uno de mis hábitos más eficaces es verificar a menudo la lista de cosas pendientes que apunto en el calendario. Me libera la mente y me ayuda a ir sacando cosas adelante.

Dicho esto, una mañana “normal” en mi vida ya no existe desde que trabajo por mi cuenta. Cada mañana es un mundo: puede empezar con un tren a las seis y media de la mañana camino de Barcelona o Sevilla, con una conferencia en Bogotá o Lisboa, con reuniones de trabajo online en casa, con unas horas en un jardín terapéutico con algún colectivo vulnerable… O con una mañana tranquila, que valoro muchísimo. Los fines de semana intento proteger alguna: un café sin prisa, un paseo con mi perro, ver una serie, quedar con los amigos…

¿Tienes algún ritual que te ayude a desconectar por la noche?

Intento proteger mucho las horas de sueño. Soy muy alondra, así que entre las once y media y las doce intento estar en casa y lista para dormir. En un país como España, donde la vida social es tan nocturna, eso a menudo implica reducir planes, pero es algo que necesito por salud.

Y cuando tengo la cabeza llena de ruido, recurro a un ritual muy sencillo: me pongo audiolibros que conozco casi de memoria, como los de Jane Austen. Su mundo es tan acotado y ordenado que me relaja, me transporta y me ayuda a desconectar.

Sin preocupaciones
La felicidad es encontrar coherencia entre lo que pienso, siento y hago.

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Hoy por hoy, con todo lo que has aprendido y vivido, ¿qué es para ti la felicidad?

Para mí la felicidad no es estar siempre bien, es sentirme sólida y centrada. Es vivir con más coherencia entre lo que pienso, siento y hago.

Tiene que ver con vínculos honestos, con sentirme útil y conectada, y con poder habitar la vida sin traicionarme. No siempre lo consigo, pero lo intento cada día.

El sentido del humor cuenta mucho para mí, así que disfruto de muchos momentos de alegría y de risas. También siento a menudo una conexión profunda con la vida, con las personas, con la naturaleza. Eso me conmueve y le da sentido a mi vida.

Para mí la felicidad no es euforia: es sentir paz y fuerza suficientes para seguir caminando.

Después de todo lo vivido y aprendido, ¿cómo es tu relación con el fracaso?

El fracaso es inevitable, porque es la única forma que tenemos de aprender. Y eso requiere tiempo y humildad. Como todos, yo quisiera no tener que envejecer, pero reconozco que la edad es necesaria para dejar de tropezar siempre en el mismo sitio, para entender que muchas respuestas llegan viviendo, equivocándose y volviendo a empezar.

La edad no nos hace más sabios por sí sola, pero nos da el tiempo necesario para aprender lo esencial y poder entrar en la segunda parte de la vida, que es la parte en la que ya no dependes de la aprobación de los demás. Es fundamental, así que le dedico un capítulo en ‘Alas para Volar’. Allí también reflexiono sobre por qué atravesamos muchos fracasos y cómo podemos volver a empezar.

En tu libro nos hablas también de superar la infancia. ¿Qué relación tienes en el presente con tu propia infancia?

Hoy mi relación con mi infancia es más compasiva y más lúcida. En ‘Alas para Volar’ hablo de la infancia y de la primera parte de la vida, que suele ser un error gigantesco e inevitable porque los humanos aprendemos a vivir como podemos y como nos enseñan en la infancia. Y nuestras familias no son perfectas, ¡hacen lo que pueden!

Superar tu infancia es poder mirar a ese niño que has sido y decirle “gracias por haberme traído hasta aquí, con tus estrategias y tus ganas de sobrevivir, pero a partir de ahora, yo, el adulto, tomo el mando”. Honrar al niño que fuimos es esencial, pero sin dejar que siga dirigiendo nuestra vida. Creo que quien no puede comprender su infancia ni perdonar los errores —inevitables— de sus padres no puede alcanzar una verdadera madurez emocional.

amor
Madurar es honrar la infancia sin dejar que dirija nuestra vida.

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¿Qué patrones tuviste que dejar atrás para poder convertirte en la Elsa que eres hoy?

He tenido que dejar atrás el patrón de intentar hacerme cargo de todo y de todos. Durante mucho tiempo confundí amor con responsabilidad excesiva.

También he soltado la necesidad de demostrar constantemente que valgo, como si el descanso o la duda fuesen fallos. De hecho, este año 2026, como cada año, me he marcado algunos propósitos. Uno de ellos es aprender a disfrutar del descanso ontológico, que no tiene que ver con ser hacer y producir, sino simplemente con ser, sin tener que ser útil para justificar tu vida. Quiero sentir más a menudo el derecho y la alegría de estar viva sin más, como un árbol o un pájaro.

Convertirme en quien soy hoy también ha tenido mucho que ver con aprender a elegir relaciones más recíprocas.

Y, por el contrario, ¿qué enseñanzas crees que te han dado fuerza para convertirte en quien eres?

La principal enseñanza ha sido aprender a escuchar: al cuerpo, a la intuición, a lo que no encaja. El cuerpo nos habla constantemente, pero tendemos a escuchar solo la cabeza, y la mente muchas veces nos enreda más de lo que nos orienta.

En ‘Alas para Volar’ hablo de reconocer ese “aquí no es” que aparece antes de que la mente quiera aceptarlo. El cuerpo y la vida nos hablan constantemente, si queremos escucharlos. Soy mejor ahora reconociendo las red flags, esas señales rojas que suelen llegar antes que la conciencia, y eso me ha permitido estar más atenta a cómo me habla la vida y saber avanzar —o retirarme— a tiempo, mucho mejor que antes.

Dicho eso, tengo aún mucho por aprender, porque sigo siendo, como nos dice el gran neurólogo Daniel Siegel, un proyecto en construcción. Esos somos los humanos hasta el último de nuestras vidas.

Si pudieras volver atrás, ¿cambiarías algo en la forma en la que actuaste cuando las cosas se complicaron?

No cambiaría lo esencial, porque incluso los errores me trajeron hasta aquí, pero sí que habría sido más amable conmigo misma en los momentos difíciles. Y sin dudar: habría pedido ayuda antes y habría tardado menos en soltar lo que no funcionaba.

Durante mucho tiempo creí que resistir era una virtud. Hoy sé que saber retirarse a tiempo también lo es. No siempre es fácil distinguir entre las dos opciones, pero es cuando has de escuchar tu cuerpo y tu intuición.

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Sabemos que los jóvenes están más deprimidos que nunca. ¿Qué error estamos cometiendo como sociedad para que esto suceda?

Es una pregunta tan interesante que daría para una entrevista entera. Pero, muy brevemente, este año ha ocurrido algo histórico: por primera vez, la juventud —que durante generaciones fue la etapa de mayor satisfacción vital— se ha convertido en el momento de menor satisfacción vital. En general, los jóvenes no son felices. Eso nos dice algo muy serio: estamos construyendo una sociedad donde es más difícil que antes alcanzar el bienestar y disfrutar de una buena salud mental.

Esta generación ha sido el conejillo de Indias de una irrupción tecnológica sin precedentes: las redes sociales y ahora la inteligencia artificial. Han crecido expuestos a herramientas que los adultos no entendíamos ni supimos regular, y eso ha tenido un impacto profundo.

A esto se suman problemas estructurales graves —la falta de acceso a la vivienda, la precariedad laboral, el aumento de las desigualdades—, pero también algo más silencioso: la pérdida de propósito, la desmotivación, la confusión entre placer inmediato y alegría profunda, y una gran carencia de sentido y de espiritualidad.

Son muchos retos a la vez. Por eso creo que necesitamos grandes conversaciones colectivas para crear un entorno donde volver a sentirnos acompañados, orientados y en paz.

mision imposible
El descanso verdadero empieza cuando dejamos atrás la aceleración y nos concentramos en el sentido.

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Vivimos también en una era de cansancio, advierten ya algunos expertos. ¿Cuál sería, para ti, la cura de este cansancio colectivo?

Creo que la cura empieza por revisar el ritmo y el sentido. Estamos cansados no solo por exceso de trabajo, sino por exceso de exigencia y de ruido. Nos pedimos estar disponibles, productivos y felices todo el tiempo, y eso no es humano.

La salida no es rendir más, sino vivir con más coherencia, recuperar el descanso profundo, los vínculos reales y el propósito. Necesitamos menos aceleración y más verdad. Menos dopamina y más conexión real. Menos placer repetitivo y adictivo y más alegría profunda.

Para acabar, si pudieras volver atrás y hablar con la Elsa de hace 20 años, ¿qué consejo le darías?

Le diría que confíe más en lo que siente, incluso cuando no sabe explicarlo. Que no confunda aguantar con amar, ni exigirse con valer. Que se permita disfrutar más, y se aleje antes de los entornos y las personas que no la hacen feliz. Que se pregunte a menudo, ¿esto me da alegría? Porque esa pregunta no es frívola, es fundamental.

Y, dicho con una sonrisa, pero muy en serio, le diría a la Elsa de hace 20 años que tenga más hijos, porque serán una de las mayores fuentes de alegría de su vida.

 

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