Fotearemos en la Feria Medieval ¡A prepararse!
Escrito por
@CANONET
¡Buenas tardes!. Comenzaré con la publicación aquí, en Notas, del Taller Virtual de Fotografía que es para que todos lo que asistiremos tengamos las herramientas básicas para tener buenas imágenes de la Feria Medieval. Como los veo preparados para tomar notas y ejercitar pero la gran mayoría me desconoce, pese a que estoy en la página desde 2003, corresponde que primero me presente.
CV Fotográfico (versión sinceramente mejorable y sin Photoshop)
Mi “carrera fotográfica” empezó a temprana edad y con cierto grado de inconsciencia técnica: después regresar de la escuela primaria, a la tarde practicaba en casa con una cámara de altísima precisión científica, una Kodak Fiesta. Todavía la conservo como documento histórico y como advertencia a las nuevas generaciones. Aquella cámara tenía un valor pedagógico enorme: cuando la foto salía mal, no culpaba al equipo… hablaba de aprendizaje.
La Kodak merecidamente descansa hoy junto a una vieja Agfa de cajón que perteneció a mi abuelo y luego a mi papá. En mi familia no se heredaron estancias ni fortunas: se heredaron cámaras livianas y recuerdos más pesados. Ninguna de las dos tiene zoom, pero ambas atesoran historias.
Gracias a Carlos, vecino fotógrafo de sociales y dueño del Estudio Reims de Villa del Parque, descubrí que las fotos no aparecían por magia sino por química. ¡Ahjuna! Yo estaba convencido de que el revelado implicaba fórmulas secretas y palabras en latín. Resultó ser algo peor: líquidos con nombres intrincados y la obligación de tener paciencia. Aun así, sigo sospechando que algo de alquimia había.
El baño exterior de la casona de mi abuela se convirtió en mi laboratorio fotográfico. Ponía cinta de pintor en los bordes de la puerta para hacerlo estanco a la luz. Era un sistema altamente profesional que consistía básicamente en confiar en que nadie necesitara entrar urgentemente. Fue mi primer contacto con la fotografía de alto riesgo.
En 1974 comencé a estudiar en la Escuela Municipal de Arte de La Matanza, donde obtuve una sólida formación teórico-práctica. Esto significa que aprendí por qué las fotos salen mal… y también algunas maneras de disimularlo.
Desde entonces sigo fotografiando con un método muy refinado, diría casi científico: pruebo, me equivoco, vuelvo a probar y, muy de vez en cuando, consigo imágenes que parecen intencionales. Este sistema me permitió evolucionar desde las cámaras simples, pasando por las de visor directo, luego las réflex, hasta llegar a la tecnología de las digitales para desembarcar en la suprema: la cámara del celular, donde uno puede equivocarse más rápido y con mejor definición.
Durante un tiempo fui fotógrafo de una institución cultural dedicada a la música clásica, en San Martín. Allí aprendí que también se pueden fotografiar el sonido y el silencio, siempre que nadie tosa justo cuando uno dispara.
Mi actividad docente comenzó de manera accidental. En 1995 cursé Iluminación en el desaparecido Club de Imágenes, a una cuadra de Canal 13. Al año siguiente me ofrecieron dar clases a tiempo parcial. Mis primeros alumnos fueron una compañera de trabajo -que además hacía de modelo- y un señor muy amable que deseaba mejorar su técnica de retratar a señoritas de cabarets de Valentín Alsina, actividad que ya venía ejerciendo. Con la producción de ese material podría escribirse una enciclopedia de anécdotas, aunque probablemente no sea material escolar.
He dado talleres y realizado muestras en el Centro Cultural Ernesto Sabato, en Santos Lugares, donde fui uno de los tres fotógrafos que inauguraron la fotogalería. Con el tiempo supe que mi taller había sido una de las primeras actividades del centro junto con la de Ayuda Escolar, centro que fue inaugurado en 1994 con la presencia de don Ernesto. Siempre me gustó pensar que el maestro aprobaba en silencio… o al menos no manifestó objeciones.
En Encontrarse, también di talleres en la Casa de la Poesía Viva y participé en exposiciones colectivas con distintos grupos también del sitio. Algunas muestras estaban previstas para durar una semana y terminaron quedándose dos, lo que en el ambiente artístico puede interpretarse como un éxito o como la falta de un martillo para descolgarlas.
Fui invitado a dar charlas de fotografía analógica en el Museo Fotográfico Alejandro Witcomb, lo que me permitió hablar de cámaras, rollos y otras especies hoy consideradas casi arqueológicas. Más recientemente, también expuse alli fotografías vinculadas a la memoria histórica del 24 de marzo del 76, tomadas durante años de asistir a las marchas. Me han invitado este año -se ve que no escarmientan- a recordar el 50° aniversario de ese golpe exhibiendo más fotos.
Después de todo este tiempo transcurrido sigo sosteniendo una idea bastante simple: si una foto emociona, funciona; si no emociona, siempre puede decirse que es experimental, palabra que salva muchas situaciones.
Podría resumir mi trayectoria así: muchos años mirando la luz, persiguiendo momentos y tratando de llegar al disparador en el instante justo… o al menos razonablemente cerca.
Finalmente, siempre con mis dos lemas que me acompañan: ¡Vení con la cámara que tengas! ¡Genios abstenerse!
Agustín
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