"Cuando No queremos Ser sino Parecer."

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21/04/2026#N90439

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El escritor, periodista y locutor Alejandro Dolina representó a la sociedad moderna con la capacidad que solo tienen los buenos escritores, con pocas palabras y mucha verdad. “La gente no quiere leer, quiere haber leído”, enfatizaba al criticar la idea de que acumular libros o títulos es un gesto de prestigio, pero completamente vacío de contenido. Eso es lo que le sucede a nuestra sociedad. Queremos haber leído, queremos tener un título que acredite que valemos más, queremos haber hecho cosas buenas de las que presumir. Pero nadie quiere leer, aprender o practicar el altruismo.


La situación no es nueva; como prueba, esta cita de Aristóteles. “La dignidad no consiste en poseer honores, sino en ser digno de ellos”, decía el pensador griego. Y es que el pensador creía que aquello que es verdadero no puede ser arrebatado por nadie. De poco sirven los honores, los títulos o las supuestas hazañas si no se apoyan en algo real: en el conocimiento, la sabiduría, la virtud. No importa lo que otros puedan contar de nosotros, sino lo que somos de verdad.

La trampa del reconocimiento
Mujer feliz
Acumular títulos o logros no nos hace valiosos si no hay verdad detrás.

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Es fácil en un mundo como el nuestro acabar confundiendo el reconocimiento con la virtud. A diario vemos cómo el número de seguidores importa más que el talento real, el título es más valioso que la demostración de un auténtico conocimiento e incluso una cuenta bancaria, una postura regia o una ropa cara puede abrir puertas a las que ni con todas las destrezas del mundo se puede acceder. Lo que aparentamos, lo que otros ven en nosotros, sea o no cierto, parece ser más importante que lo que realmente es.

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El problema no es nuevo. Como nos explicaba la filósofa Agnes Callard en una entrevista que concede a Cuerpomente, el problema no es que ahora tengamos en la palma de la mano un superordenador que nos distrae y nos aturde. “En épocas anteriores, cuando no teníamos estas maquinitas que exponían lo rotos que estamos, pensábamos que todo iba muy bien, pero ahora se pone de manifiesto que no lo estamos”, aseguraba la pensadora.

Con la cuestión de la fama, del reconocimiento externo, sucede lo mismo. Siempre le hemos dado más peso del que merece. Pero ahora que el reconocimiento tiene métricas exactas, nos damos cuenta
Confundir reconocimiento con valor real es uno de los grandes errores de nuestro tiempo.

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Tanto en aquellos siglos de ausencia digital como en el presente, Aristóteles nos sostiene con un faro que puede guiarnos en medio de la oscuridad. No importa los honores que se nos concedan; lo importante es si realmente los merecemos.

La ética aristotélica presenta el concepto de la areté, la virtud, que no es una moralina ni una buena intención, sino la excelencia en el modo de ser y de actuar. La capacidad de cumplir bien la función humana, que no es otra que vivir de acuerdo con la razón. Y eso significaba, para Aristóteles, encontrar el punto medio entre defectos y excesos.


Qué es la virtud para los filósofos y cómo lograrla para ser feliz
Frente al derrochador y el tacaño, se encuentra el generoso. Entre el temerario y el cobarde, el valiente. Encontrar ese punto medio es la esencia de la virtud aristotélica. Aunque no basta con hallarla, hay que convertirla en hábito. “Somos lo que hacemos repetidamente”, recordaba el pensador en su Ética a Nicómaco. Solo por medio de la repetición convertimos la virtud en hábito, y solo así podemos asegurarnos de que nuestra vida esté regida por la razón.

La jerarquía del valor
meditar
La virtud no es una intención, es una forma de vivir que se entrena cada día.

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Es fácil caer en la simplificación y pensar que, puesto que lo que realmente importa es la virtud, el honor no sirve de nada. Que, como lo que cuenta es el conocimiento, todos deberíamos seguir la senda de Zuckerberg, dejar los estudios e inventar Facebook. Pero la teoría aristotélica, como todo lo que merece la pena, no es tan sencilla.

Aristóteles sí valoraba el honor, pero nos advierte sobre él en su Ética a Nicómaco, puesto que este “parece depender más de quienes lo conceden que de quien lo recibe”. Para entender bien su peso, el pensador diferenciaba entre tres tipos de bienes de los que todo ser humano dispo
No todos los bienes pesan igual, lo que nadie puede quitarnos es lo que realmente importa.

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Los bienes aristotélicos pueden dividirse, según su importancia y valor, entre los siguientes tipos:

Bienes externos. Son la riqueza, la fama, el honor, aquellos que no dependen de nosotros y que, de hecho, nos pueden ser arrebatados de un momento a otro. La virtud, y por tanto la felicidad, no pueden depender de ellos, si bien son importantes en la vida compartida.
Bienes del cuerpo. Son, principalmente, la salud y la fuerza. Aunque dependen parcialmente de nosotros, de cómo nos cuidamos, no están completamente en nuestra mano. Dependen también de factores externos, por lo que la virtud, y por tanto la felicidad, no puede depender completamente de ellos.
Bienes del alma. Son sin duda los más importantes, la virtud y la sabiduría. Son bienes que nadie puede arrebatarnos y que dependen por completo de nosotros. Y de ellos, por supuesto, depende la auténtica felicidad, la eudaimonía.

Aprender a vivir con virtud
mujer reflexionando escuchando musica en el parque
La verdadera riqueza no se exhibe, se construye en silencio, a través de lo que hacemos.

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Todos los bienes mencionados son, como su propia palabra indica, bienes. Pero no todos son tan importantes. Lo que realmente marca la diferencia no es el reconocimiento, la fama o el honor, sino ser dignos de ello. Porque es ese, y no otro, el verdadero bien que conserva nuestra alma, que nadie puede arrebatarnos ni puede concedernos. Solo depende de nuestras acciones.

Pero la virtud, como ya advertíamos previamente, no depende de un solo momento de lucidez, de un acto heroico. Es el hábito repetido y sostenido, es cuestionarnos cada día si actuamos por exceso o defecto, encontrar el punto medio, desafiar las ideas establecidas y actuar en la virtud pese a que no nos conceda beneficios. Esa es, nos explica Aristóteles, la verdadera riqueza que podemos encontrar en la vida.

 

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