”. Dice algo más realista: “si algo empieza a fallar, intentaré verlo. Si puedo repararlo, lo intentaré. Si tengo que irme, me acompañaré al salir”. Esa es una confianza menos épica que el “yo puedo con todo”, pero mucho más habitable. Es justamente lo que trabajamos en Bienquererme: una autoconfianza basada en cultivar nuestra autocompasión. La puerta entreabierta No creo que la salida sea vivir abiertos de par en par. Hay puertas que necesitan cerradura. Hay historias que piden tiempo. Hay cuerpos que han aprendido a protegerse por motivos muy reales, y sería cruel exigirles una confianza rápida en nombre de la “sanación”. Pero tampoco creo que la vida pueda vivirse con todas las puertas tapiadas. Porque entonces nadie entra, sí. Pero tampoco entra la ternura. Ni el apoyo. Ni la sorpresa de descubrir que algunas personas pueden quedarse sin invadir, querer sin poseer, escuchar sin usar lo escuchado en tu contra. Quizá confiar sea aprender a dejar la puerta entreabierta. No para que entre cualquiera. No para demostrar que ya estamos curadas, evolucionadas o disponibles. Sino para mirar quién se acerca. Para escuchar cómo llama. Para observar qué hace cuando no abrimos del todo. Para comprobar si respeta el umbral o intenta empujar. Y para recordar algo importante: abrir una puerta no nos obliga a mantenerla abierta para siempre. También podemos cerrar. También podemos pedir distancia. También podemos decir: hasta aquí. La confianza sana no nos deja indefensas. Al contrario: nos devuelve autonomía. Confiar sin abandonar el criterio Me gustaría que pudiéramos hablar de confianza sin ingenuidad y de protección sin cinismo. Porque entre “todo el mundo es bueno” y “no se puede confiar en nadie” hay un territorio más adulto. Más incómodo, sí. Pero también más vivo. Un territorio donde no entregamos nuestra vulnerabilidad a cualquiera, pero tampoco castigamos a todo el mundo por heridas que no causaron. Donde aprendemos a ir despacio sin congelarnos. Donde los límites no son muros, sino bordes. Donde la confianza se construye con hechos, tiempo, coherencia y reparación. Donde podemos decir: quiero vincularme, pero no quiero perderme. Quiero abrirme, pero no quiero dejar de escucharme. Quiero amar, pero no a costa de mi dignidad. No se trata de vivir sospechando de todo el mundo. Se trata de no abandonar nuestra sensibilidad en nombre del amor, ni abandonar el amor en nombre de la protección. Tal vez confiar no sea creer que el mundo es seguro. Tal vez confiar sea aprender a caminar sabiendo que el mundo no siempre lo es, pero que nosotras podemos estar más presentes, más atentas y más de nuestro lado que antes. Con menos fantasía. Con menos coraza. Con la puerta entreabierta. Y con la mano cerca del pomo. Gracias por leerme. Si este texto te ha tocado alguna fibra, quizá puedas compartirlo con alguien que esté intentando volver a confiar sin perderse a sí misma por el camino. Compartir Internet está lleno de consejos rápidos. Yo prefiero escribir despacio. Si te interesa una psicología clara, basada en evidencia y sin fórmulas mágicas,