Deseo cumplido
Escrito por
@HRUIZEC
Está en el muelle, sola, sentada en uno de los bancos sin más compañía que el mar en su tristeza y la nostalgia en su alma.
Piensa en tantas vacaciones alegres que pasaron con su padre en la playa, cuando todo era risa y felicidad para encontrarse con este presente de ausencia y recuerdos.
La casa de la calle La Rioja lo tenía como el animador de cuanta reunión se organizara. Siempre abriendo las puertas a familia y amigos, un gentío que apenas cabía en la casa, y todos pasándola bien, sobre todo los domingos cuando la nona hacía esos tucos que volvían locos a los vecinos con su olorcito, y los chicos hacían cola para mojar el pancito en la olla, mientras él dirigía el “tránsito” en la cocina y calmaba el fingido enojo de la abuela. Y los partidos de tejo en Montesol con sus amigos de siempre. Y las noches de verano cuando arriaba a los chicos al trencito de Campanita.
Está llorando pero no tiene lágrimas porque el viento no las deja brotar de sus ojos convirtiendo su pena en un pobre llanto seco, en una primavera sin golondrinas.
Se sube el cierre de su campera hasta cubrir su boca porque hace frío y el sol apenas asiste a su congoja sin darle un poco de tibieza a su desolación.
Tiene una hermosa familia pero se siente desamparada porque perdió a su amado protector, el que la guió por la vida con valores morales, el que fue su aliado incondicional, el que la escuchó con ternura cuando tuvo sus primeras desilusiones amorosas en la adolescencia.
Las nubes avanzan en procesión como sus recuerdos y el sol parece condenado a desaparecer como su alegría esa mañana.
¡Qué feliz era en La Lucila del Mar! Siempre le decía que le gustaría vivir aquí.
Y ese pensamiento la desarma hasta provocarle un dolor en el pecho que casi le quita el aliento. Siente un vacío como el que deja el hijo que se va de casa.
Entra en la confitería del muelle y se sienta junto a una ventana que tiene los vidrios empañados, como sus ojos, que ahora sin viento pueden derramar lágrimas tranquilas, sentidas, necesarias.
Dibuja un corazón en la ventana que al poco rato se deshace grotescamente como las ilusiones desmedidas.
La moza le pregunta qué quiere tomar y así abstraída en sus recuerdos le pide “dos cafés, uno cortado”…hasta que se da cuenta, suspira, esboza una sonrisa mansa, desangelada y se disculpa: “perdón, es la costumbre…sólo un cortado, para mí”.
La calefacción le da un poco de bienestar en el cuerpo en esa hora de aflicción, pero la calidez no llega a su alma, como le llegaban sus abrazos.
Se quita la campera, bebe el café lentamente, como si demorara en cada sorbo su angustia.
Al rato se quita el jean y las zapatillas y se queda con una calza de neopreno.
Saca una urna de su mochila y va hacia la playa. Entra tiritando al mar y al instante no puede refrenar un temblor que le sacude el cuerpo sin control y su llanto es una síntesis de ese día de cielo y mar grises.
Bajo la mirada atónita de la moza del muelle y un par de pescadores, a duras penas consigue regresar a la orilla, con la urna vacía y una sonrisa leve, casi imperceptible, a pesar del frío.
Papá ya vive en La Lucila del Mar.
H. Ruiz Echazú ©
Comentarios
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