Creo q a Todos Nos Ha Pasado Alguna Vez
Publicado por
@DANTEX
Puede pasar una tarde cualquiera, abriendo una libreta vieja, ordenando una carpeta del ordenador o encontrando una nota en el móvil escrita por una versión anterior de ti.
Ahí está:
La lista.
Los planes.
Las cosas que ibas a hacer antes de los treinta, antes de los cuarenta, antes de tener hijos, antes de casarte, antes de jubilarte, lo que sea.. ya sabes, cosas como:
Hacer ese viaje.
Escribir ese libro.
Hablar con fluidez un idioma.
Mudarte.
Vivir de “lo tuyo”.
Comprarte una casa.
Correr una maratón.
Ahorrar cierta cantidad.
Aprender a patinar.
Crear tu proyecto personal..
Ser una persona más libre, más valiente, más ordenada, más “fit”, más algo…
…Y de pronto te das cuenta de que algunas de esas cosas no han pasado.
O no han pasado como tú querías.
O pasaron, pero no te dieron exactamentelo que esperabas.
O ya no las quieres igual, pero una parte de ti sigue mirándolas como si fueran una deuda pendiente.
Hay algo muy particular en encontrarte con los sueños antiguos. A veces se parecen a ropa que ya no te queda. La miras y recuerdas quién eras cuando la compraste, qué imaginabas, qué vida creías que ibas a tener llevándola puesta... Y aunque ahora no te la pondrías, aunque incluso te parezca incómoda o ajena, .. como que cuesta tirarla.
Con las metas pasa algo parecido.
No siempre queremos lo que queríamos.
Pero a veces seguimos sintiendo que deberíamos haberlo conseguido.
Como si la vida llevara una contabilidad secreta.
Como si cada meta no cumplida dijera algo definitivo sobre nosotros.
Y quizá por eso duele tanto.
No solo porque queríamos algo y no ocurrió. Eso ya duele bastante.
Duele porque muchas veces convertimos una meta en una promesa:
cuando consiga esto, estaré tranquilo.
cuando llegue ahí, sentiré que mi vida tiene sentido.
cuando por fin pase aquello, podré descansar.
cuando me vea de esta manera, me trataré mejor.
cuando alguien me quiera así, dejaré de dudar de mí.
Y claro, si la meta no llega, parece que tampoco llega el permiso para vivir tranquilo.
La meta era una puerta.. pero no la casa entera
No voy a decirte que las metas no importan.
Importan.
Una meta puede ordenar el caos. Puede sacarte del sofá. Puede ayudarte a poner fecha, cuerpo y agenda a algo que te importa.
A veces una meta es como poner una chincheta en un mapa: no te lleva, pero al menos te ayuda a saber hacia dónde mirar.
El problema empieza cuando confundimos la chincheta con el viaje.
O peor: cuando confundimos la chincheta con nuestra vida.
Entonces publicar un libro ya no es solo publicar un libro. Es demostrar que tengo algo que decir.
Tener pareja ya no es solo compartir la vida con alguien. Es demostrar que soy querible.
Cambiar de trabajo ya no es solo buscar mejores condiciones. Es demostrar que no me he quedado atrás.
Ganar más dinero ya no es solo tener más margen. Es demostrar que soy capaz.
Ponerme en forma, mudarme, emprender, ser madre, no serlo, comprar una casa, viajar sola, aprobar una oposición, facturar una cifra concreta, llegar a cierta edad con cierta forma de vida…
Todo empieza a cargarse de un peso enorme.
La meta deja de ser una puerta y se convierte en la casa entera.
Y si esa puerta no se abre, sentimos que nos hemos quedado fuera de nuestra propia vida…
Peeero:
Una meta es un resultado. Algo que puede ocurrir o no ocurrir.
Algo que a veces depende de ti y a veces depende también del cuerpo, del dinero, del contexto, de otras personas, de la suerte, del cansancio, del momento histórico, de una llamada que no llega, de una enfermedad, de una decisión ajena, de un deseo que cambia.
Una meta se puede cumplir.
O no.
Y esta es la parte incómoda: no vas a cumplir todos tus sueños.
No por pereza.
No porque te falte mentalidad.
No porque haya una versión perfecta de ti que sí habría podido con todo y tú la hayas estropeado.
No vas a cumplir todos tus sueños porque una vida humana no cabe dentro de todos los planes que uno imagina.
Porque elegir una cosa implica no elegir otras.
Porque a veces una puerta se cierra.
Porque a veces eres tú quien ya no quiere cruzarla.
Porque a veces la vida no pregunta antes de cambiarte el mapa.
Y porque algunos sueños, si se cumplieran tal como los imaginaste hace diez años, quizá te dejarían viviendo en la casa de una persona que ya no eres.
Entonces, ¿qué hacemos con lo que no se cumplió?
Aquí es donde me parece preciosa una distinción de ACT, la Terapia de Aceptación y Compromiso:
Una cosa son las metas.
Otra cosa son los valores.
Las metas son destinos.
Los valores son direcciones.
Una meta dice: quiero llegar ahí.
Un valor dice: quiero caminar de esta manera en esa dirección.
Y esto cambia mucho las cosas.
Porque si tu meta era publicar un libro, quizá el valor que había debajo era expresarte, crear, compartir algo verdadero, dejar una huella, aportar algo..
Si tu meta era tener pareja, quizá debajo había intimidad, cuidado, complicidad, pertenencia, deseo de construir con alguien.
Si tu meta era tener una casa bonita, quizá debajo había calma, refugio, belleza, una sensación de lugar propio.
Si tu meta era vivir de tu proyecto, quizá debajo había libertad, coherencia, autonomía, contribución, ganas de que tu trabajo se pareciera más a ti.
La meta era una forma.
El valor era el fondo.
Y a veces la forma se rompe.
Pero el fondo todavía puede estar vivo.
Esto no significa que dé igual.
No da igual.
Si algo te importaba y no ocurrió, puede doler. Puede dar rabia. Puede activar envidia. Puede dejar una sensación amarga de “yo quería otra cosa”. Puede haber duelo. Y creo que es importante no barnizar eso con frases bonitas.
Vivir según tus valores no significa hacer como si nada importara.
No significa mirar una pérdida y decir: bueno, no pasa nada, aprendo y sigo.
A veces sí pasa.
A veces pasa mucho.
Pero incluso ahí hay una pregunta que puede abrir una rendija:
si esta meta no se cumple exactamente como yo quería, ¿qué parte de lo que representaba todavía puedo cuidar?
No para hacerte creer que una migaja es un banquete.
Sino para no dejar tu vida entera en manos de una sola forma posible de cultivar algo que conecta contigo.
El sueño puede cambiar de “vestido”
Imagina que alguien soñaba con ser actriz.
No actriz de teatro aficionado los domingos. Actriz de verdad, de las que viven de eso, viajan, ensayan, salen en carteles, tienen una vida atravesada por personajes y escenarios.
Y no pasó.
La vida fue por otro lado.
Hubo trabajos que pagaban facturas, responsabilidades, miedo, falta de oportunidades, decisiones tomadas a medias, años que se fueron llenando de otras cosas.
Esa persona podría guardar ese sueño como una prueba de fracaso.
Podría decirse: no fui valiente, llegué tarde, desperdicié mi talento, ya no tiene sentido.
Y quizá ahí haya dolor real. No hace falta negarlo.
Pero también podría preguntarse:
¿Qué había en ese sueño?
¿Era expresión?
¿Era juego?
¿Era cuerpo?
¿Era intensidad?
¿Era contar historias?
¿Era sentirse viva delante de otras personas?
Porque quizá ya no va a vivir exactamente esa vida. Pero tal vez puede apuntarse a un grupo de teatro. O leer en voz alta. O grabar relatos. O contar historias en sus clases. O bailar. O hacer algo pequeño, imperfecto, incluso un poco ridículo, que devuelva al cuerpo una parte de aquello que quedó encerrado en una caja.
No es lo mismo.
Claro que no.
Pero tampoco es nada.
Y aquí hay algo muy delicado: muchas veces despreciamos las formas pequeñas de vivir nuestros valores porque no se parecen lo suficiente a la fantasía original.
Como no puedo tener el gran viaje, no hago ninguna excursión.
Como no puedo escribir el libro, no escribo una página.
Como no puedo cambiar de vida, no cambio un pequeño hábito
Como no puedo tener la relación que imaginé, dejo de cultivar intimidad y me aíslo
Como no puedo vivir de mi creatividad, la abandono por completo.
Como no puedo hacerlo perfecto, no hago nada.
Y entonces la meta no cumplida empieza a ocupar un sitio extraño.
No la perseguimos.
Pero tampoco la dejamos convertirse en otra cosa.
.
Ahí está:
La lista.
Los planes.
Las cosas que ibas a hacer antes de los treinta, antes de los cuarenta, antes de tener hijos, antes de casarte, antes de jubilarte, lo que sea.. ya sabes, cosas como:
Hacer ese viaje.
Escribir ese libro.
Hablar con fluidez un idioma.
Mudarte.
Vivir de “lo tuyo”.
Comprarte una casa.
Correr una maratón.
Ahorrar cierta cantidad.
Aprender a patinar.
Crear tu proyecto personal..
Ser una persona más libre, más valiente, más ordenada, más “fit”, más algo…
…Y de pronto te das cuenta de que algunas de esas cosas no han pasado.
O no han pasado como tú querías.
O pasaron, pero no te dieron exactamentelo que esperabas.
O ya no las quieres igual, pero una parte de ti sigue mirándolas como si fueran una deuda pendiente.
Hay algo muy particular en encontrarte con los sueños antiguos. A veces se parecen a ropa que ya no te queda. La miras y recuerdas quién eras cuando la compraste, qué imaginabas, qué vida creías que ibas a tener llevándola puesta... Y aunque ahora no te la pondrías, aunque incluso te parezca incómoda o ajena, .. como que cuesta tirarla.
Con las metas pasa algo parecido.
No siempre queremos lo que queríamos.
Pero a veces seguimos sintiendo que deberíamos haberlo conseguido.
Como si la vida llevara una contabilidad secreta.
Como si cada meta no cumplida dijera algo definitivo sobre nosotros.
Y quizá por eso duele tanto.
No solo porque queríamos algo y no ocurrió. Eso ya duele bastante.
Duele porque muchas veces convertimos una meta en una promesa:
cuando consiga esto, estaré tranquilo.
cuando llegue ahí, sentiré que mi vida tiene sentido.
cuando por fin pase aquello, podré descansar.
cuando me vea de esta manera, me trataré mejor.
cuando alguien me quiera así, dejaré de dudar de mí.
Y claro, si la meta no llega, parece que tampoco llega el permiso para vivir tranquilo.
La meta era una puerta.. pero no la casa entera
No voy a decirte que las metas no importan.
Importan.
Una meta puede ordenar el caos. Puede sacarte del sofá. Puede ayudarte a poner fecha, cuerpo y agenda a algo que te importa.
A veces una meta es como poner una chincheta en un mapa: no te lleva, pero al menos te ayuda a saber hacia dónde mirar.
El problema empieza cuando confundimos la chincheta con el viaje.
O peor: cuando confundimos la chincheta con nuestra vida.
Entonces publicar un libro ya no es solo publicar un libro. Es demostrar que tengo algo que decir.
Tener pareja ya no es solo compartir la vida con alguien. Es demostrar que soy querible.
Cambiar de trabajo ya no es solo buscar mejores condiciones. Es demostrar que no me he quedado atrás.
Ganar más dinero ya no es solo tener más margen. Es demostrar que soy capaz.
Ponerme en forma, mudarme, emprender, ser madre, no serlo, comprar una casa, viajar sola, aprobar una oposición, facturar una cifra concreta, llegar a cierta edad con cierta forma de vida…
Todo empieza a cargarse de un peso enorme.
La meta deja de ser una puerta y se convierte en la casa entera.
Y si esa puerta no se abre, sentimos que nos hemos quedado fuera de nuestra propia vida…
Peeero:
Una meta es un resultado. Algo que puede ocurrir o no ocurrir.
Algo que a veces depende de ti y a veces depende también del cuerpo, del dinero, del contexto, de otras personas, de la suerte, del cansancio, del momento histórico, de una llamada que no llega, de una enfermedad, de una decisión ajena, de un deseo que cambia.
Una meta se puede cumplir.
O no.
Y esta es la parte incómoda: no vas a cumplir todos tus sueños.
No por pereza.
No porque te falte mentalidad.
No porque haya una versión perfecta de ti que sí habría podido con todo y tú la hayas estropeado.
No vas a cumplir todos tus sueños porque una vida humana no cabe dentro de todos los planes que uno imagina.
Porque elegir una cosa implica no elegir otras.
Porque a veces una puerta se cierra.
Porque a veces eres tú quien ya no quiere cruzarla.
Porque a veces la vida no pregunta antes de cambiarte el mapa.
Y porque algunos sueños, si se cumplieran tal como los imaginaste hace diez años, quizá te dejarían viviendo en la casa de una persona que ya no eres.
Entonces, ¿qué hacemos con lo que no se cumplió?
Aquí es donde me parece preciosa una distinción de ACT, la Terapia de Aceptación y Compromiso:
Una cosa son las metas.
Otra cosa son los valores.
Las metas son destinos.
Los valores son direcciones.
Una meta dice: quiero llegar ahí.
Un valor dice: quiero caminar de esta manera en esa dirección.
Y esto cambia mucho las cosas.
Porque si tu meta era publicar un libro, quizá el valor que había debajo era expresarte, crear, compartir algo verdadero, dejar una huella, aportar algo..
Si tu meta era tener pareja, quizá debajo había intimidad, cuidado, complicidad, pertenencia, deseo de construir con alguien.
Si tu meta era tener una casa bonita, quizá debajo había calma, refugio, belleza, una sensación de lugar propio.
Si tu meta era vivir de tu proyecto, quizá debajo había libertad, coherencia, autonomía, contribución, ganas de que tu trabajo se pareciera más a ti.
La meta era una forma.
El valor era el fondo.
Y a veces la forma se rompe.
Pero el fondo todavía puede estar vivo.
Esto no significa que dé igual.
No da igual.
Si algo te importaba y no ocurrió, puede doler. Puede dar rabia. Puede activar envidia. Puede dejar una sensación amarga de “yo quería otra cosa”. Puede haber duelo. Y creo que es importante no barnizar eso con frases bonitas.
Vivir según tus valores no significa hacer como si nada importara.
No significa mirar una pérdida y decir: bueno, no pasa nada, aprendo y sigo.
A veces sí pasa.
A veces pasa mucho.
Pero incluso ahí hay una pregunta que puede abrir una rendija:
si esta meta no se cumple exactamente como yo quería, ¿qué parte de lo que representaba todavía puedo cuidar?
No para hacerte creer que una migaja es un banquete.
Sino para no dejar tu vida entera en manos de una sola forma posible de cultivar algo que conecta contigo.
El sueño puede cambiar de “vestido”
Imagina que alguien soñaba con ser actriz.
No actriz de teatro aficionado los domingos. Actriz de verdad, de las que viven de eso, viajan, ensayan, salen en carteles, tienen una vida atravesada por personajes y escenarios.
Y no pasó.
La vida fue por otro lado.
Hubo trabajos que pagaban facturas, responsabilidades, miedo, falta de oportunidades, decisiones tomadas a medias, años que se fueron llenando de otras cosas.
Esa persona podría guardar ese sueño como una prueba de fracaso.
Podría decirse: no fui valiente, llegué tarde, desperdicié mi talento, ya no tiene sentido.
Y quizá ahí haya dolor real. No hace falta negarlo.
Pero también podría preguntarse:
¿Qué había en ese sueño?
¿Era expresión?
¿Era juego?
¿Era cuerpo?
¿Era intensidad?
¿Era contar historias?
¿Era sentirse viva delante de otras personas?
Porque quizá ya no va a vivir exactamente esa vida. Pero tal vez puede apuntarse a un grupo de teatro. O leer en voz alta. O grabar relatos. O contar historias en sus clases. O bailar. O hacer algo pequeño, imperfecto, incluso un poco ridículo, que devuelva al cuerpo una parte de aquello que quedó encerrado en una caja.
No es lo mismo.
Claro que no.
Pero tampoco es nada.
Y aquí hay algo muy delicado: muchas veces despreciamos las formas pequeñas de vivir nuestros valores porque no se parecen lo suficiente a la fantasía original.
Como no puedo tener el gran viaje, no hago ninguna excursión.
Como no puedo escribir el libro, no escribo una página.
Como no puedo cambiar de vida, no cambio un pequeño hábito
Como no puedo tener la relación que imaginé, dejo de cultivar intimidad y me aíslo
Como no puedo vivir de mi creatividad, la abandono por completo.
Como no puedo hacerlo perfecto, no hago nada.
Y entonces la meta no cumplida empieza a ocupar un sitio extraño.
No la perseguimos.
Pero tampoco la dejamos convertirse en otra cosa.
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CALIDEZ HUMANA , RESPETO , COMPAÑERISMO , LUGAR DE PERTENENCIA , AMISTAD , DIVERSIÓN , ENCUENTROS , Y MUCHOS OTROS CALIFICATIVOS PARA ESTA MARAVILLOSA PÁGINA . FELIZ CUMPLEAÑOS Y POR MUCHOS MÁS .
LA_ARMENIATodo gran amor no es posible sin pena.
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