Un cuento "pandémico": El misterio Diana
Escrito por
@HRUIZEC
Este cuento lo escribí en aquel período apocalíptico que fue la pandemia, cuando vivíamos encerrados, y ni se hablaba de las vacunas, sino de plasma.
El maldito encierro nos afectó de distinta manera a todos, tanto en salud física como psicológica.
Hoy mirando retrospectivamente aquella época recordaremos qué hicimos, quiénes fuimos, en esa calamidad que puso de manifiesto gestos nobles y los de la peor bajeza inimaginables.
El misterio Diana
Esta mañana de domingo hace frío y tal vez por eso o porque se trata de calles apartadas se ve muy poca gente transitando.
Con el recrudecimiento de la pandemia se habían intensificado los controles, los que incluían no solamente puestos sanitarios sino además seguimientos más o menos discretos de las personas que circulaban en las calles.
Yo tengo la sensación de ser seguido aunque cada vez que miro para atrás no veo a nadie.
Cien metros adelante diviso una mujer que viene caminando por la misma vereda. En un momento dudo si cruzar a la vereda de enfrente pero veo que no lleva uniforme y descarto que se trate de una controladora por lo que decido seguir caminando como si nada. En este tiempo de tapabocas aprendí a adivinar las expresiones de la gente mirándola a los ojos, y a medida que la mujer se acerca noto que no solo me está mirando con interés sino que además sonríe, se detiene frente a mí y me dice: - te estaba esperando.
Sin dejar de mirarme se baja muy lentamente el barbijo como si descorriera un velo de tinieblas que guardan secretos y misterios ancestrales. Apenas empiezo a reconocerla cuando con la velocidad de un rayo me quita el tapabocas y sus labios se abalanzan sobre los míos y con un beso tan sorpresivo como ineludible los inmovilizan como un depredador a su presa. Mi cabeza se balancea hacia atrás y veo girar las copas de los árboles bajo un cielo diáfano que sin embargo se va nublando hasta hacerse noche.
Abro los ojos, no sé cuánto tiempo pasó, pero estoy en una cama con una suave luz que viene del techo y siento un enjambre de pitidos que suenan desacompasadamente. Me quiero incorporar pero no puedo. Estoy atado a la cama y tengo un catéter en mi brazo izquierdo que supongo tiene suero. En mi brazo derecho tengo un vendaje que cubre una vena donde hubo otra vía y en el pecho tengo un cable de monitoreo ECG. El aire huele a desinfectante.
Consigo levantar un poco la cabeza y mirar para un lado. Hay muchas camas con gente en mi misma situación y parece ser una gran barraca donde a pesar de las luces mortecinas sobre las camas se puede apreciar un color blanco inmaculado que resalta lo aséptico del lugar. Quiero hablar - más bien gritar - pero apenas puedo articular sonido y lo único que logro es apenas susurrar.
Hasta que aparece ella, la mujer que me besó en la calle. Diana, sí, la recuerdo. La conocí hace muchos años y no la volví a ver jamás, hasta ahora, claro. ¿Pero qué tiene que ver ella con todo esto?
- Eduardo ¿cómo estás? – me pregunta con una sonrisa franca que no oculta ningún barbijo. – Sé que te cuesta hablar por lo que te diré qué está pasando aquí. Toda la gente que ves “internada” en este lugar son personas que han sido monitoreadas sanitariamente los últimos tres años porque fueron detectadas como inmunes a una increíble variedad de virus. Para decirlo en términos más comprensibles, se trata de gente genéticamente blindada por
súper anticuerpos, imposible de infectarse. Es más, a todos les hemos inoculado este coronavirus una vez por año desde hace tres.
- ¿Pero cómo puede ser? ¿Acaso nos durmieron y nos inyectaron? – pregunto con un hilo de voz.
- En principio quiero que sepas que somos una fundación mundial paralela a la OMS, pero más confiable, con acceso a cualquier base de datos de hospitales y laboratorios de análisis clínicos de todo el mundo que nos permitió detectar a esta especie de súper hombres/mujeres y así poder hacerles un seguimiento. En tu caso, la primera inoculación te fue realizada cuando estabas paseando por Viena y fuiste a comer esa deliciosa torta Sacher con un “café expreso inoculado”. La segunda dosis fue cuando estabas en Madrid en el Museo del Jamón de la Gran Vía. Allí se trató del típico bocadillo de jamón ibérico con una “espumosa cerveza inoculada”. Y la tercera y definitiva fue aquí en Buenos Aires en un almuerzo con amigos en un bar de Palermo regado con un “buen vino inoculado”. Y fue suficiente.
- ¿Pero cómo evaluaban los resultados?
- Les hicimos “hisopados relámpagos” a todos, donde podíamos sorprenderlos discretamente, como a vos, siempre con nuestro método anestésico que borraba la memoria de ese hecho. Todos los análisis nos indicaban que los anticuerpos habían eliminado el coronavirus inoculado.
- ¿Y qué nos están haciendo?
- Los convertimos en dadores de plasma a escala mundial de modo que sus “aportes” se convertirán en la vacuna que eliminará el covid19. Aunque no son muchos con estos súper anticuerpos conseguimos reunirlos en todos los países.
- Pero no somos voluntarios. ¡Fuimos secuestrados!.
- En cierto modo es así, pero lo hicimos por una razón humanitaria y para ahorrarnos el papeleo de consentimiento, eventuales denuncias por mala praxis, etc. Lo importante es que esta vacuna no tendrá patente por lo que será libre en todo el mundo.
- ¿Pero cómo creen que nos quedaremos callados después de esta manipulación? – gradualmente recuperaba mi voz no sé si por mi indignación o porque iba cediendo mi sedación.
Diana me mira divertida mientras va cortando las vendas que me sujetan a la cama, desconecta el monitor de ECG y retira el catéter de mi brazo.
- Cuando te besé en la calle, con mi mano derecha te apliqué un sedante poderoso en la nuca que te durmió en el acto y dos auxiliares que te venían siguiendo te sostuvieron y te introdujeron en un furgón. Y aquí estamos, como están todos ellos - hizo un gesto amplio señalando toda el área.- Cada uno será devuelto al mismo lugar de donde fueron levantados y todo lo que han pasado aquí será un vago y difuso episodio tan difícil de recordar que lo asociarán con un sueño.
Sonriendo se quita el delantal, entra a la cama y me besa largamente. Esta vez no oculta una diminuta aguja en su mano derecha. Apenas puedo preguntar si yo también olvidaré. Si también la olvidaré.
Héctor Ruiz Echazú © mayo2020

El maldito encierro nos afectó de distinta manera a todos, tanto en salud física como psicológica.
Hoy mirando retrospectivamente aquella época recordaremos qué hicimos, quiénes fuimos, en esa calamidad que puso de manifiesto gestos nobles y los de la peor bajeza inimaginables.
El misterio Diana
Esta mañana de domingo hace frío y tal vez por eso o porque se trata de calles apartadas se ve muy poca gente transitando.
Con el recrudecimiento de la pandemia se habían intensificado los controles, los que incluían no solamente puestos sanitarios sino además seguimientos más o menos discretos de las personas que circulaban en las calles.
Yo tengo la sensación de ser seguido aunque cada vez que miro para atrás no veo a nadie.
Cien metros adelante diviso una mujer que viene caminando por la misma vereda. En un momento dudo si cruzar a la vereda de enfrente pero veo que no lleva uniforme y descarto que se trate de una controladora por lo que decido seguir caminando como si nada. En este tiempo de tapabocas aprendí a adivinar las expresiones de la gente mirándola a los ojos, y a medida que la mujer se acerca noto que no solo me está mirando con interés sino que además sonríe, se detiene frente a mí y me dice: - te estaba esperando.
Sin dejar de mirarme se baja muy lentamente el barbijo como si descorriera un velo de tinieblas que guardan secretos y misterios ancestrales. Apenas empiezo a reconocerla cuando con la velocidad de un rayo me quita el tapabocas y sus labios se abalanzan sobre los míos y con un beso tan sorpresivo como ineludible los inmovilizan como un depredador a su presa. Mi cabeza se balancea hacia atrás y veo girar las copas de los árboles bajo un cielo diáfano que sin embargo se va nublando hasta hacerse noche.
Abro los ojos, no sé cuánto tiempo pasó, pero estoy en una cama con una suave luz que viene del techo y siento un enjambre de pitidos que suenan desacompasadamente. Me quiero incorporar pero no puedo. Estoy atado a la cama y tengo un catéter en mi brazo izquierdo que supongo tiene suero. En mi brazo derecho tengo un vendaje que cubre una vena donde hubo otra vía y en el pecho tengo un cable de monitoreo ECG. El aire huele a desinfectante.
Consigo levantar un poco la cabeza y mirar para un lado. Hay muchas camas con gente en mi misma situación y parece ser una gran barraca donde a pesar de las luces mortecinas sobre las camas se puede apreciar un color blanco inmaculado que resalta lo aséptico del lugar. Quiero hablar - más bien gritar - pero apenas puedo articular sonido y lo único que logro es apenas susurrar.
Hasta que aparece ella, la mujer que me besó en la calle. Diana, sí, la recuerdo. La conocí hace muchos años y no la volví a ver jamás, hasta ahora, claro. ¿Pero qué tiene que ver ella con todo esto?
- Eduardo ¿cómo estás? – me pregunta con una sonrisa franca que no oculta ningún barbijo. – Sé que te cuesta hablar por lo que te diré qué está pasando aquí. Toda la gente que ves “internada” en este lugar son personas que han sido monitoreadas sanitariamente los últimos tres años porque fueron detectadas como inmunes a una increíble variedad de virus. Para decirlo en términos más comprensibles, se trata de gente genéticamente blindada por
súper anticuerpos, imposible de infectarse. Es más, a todos les hemos inoculado este coronavirus una vez por año desde hace tres.
- ¿Pero cómo puede ser? ¿Acaso nos durmieron y nos inyectaron? – pregunto con un hilo de voz.
- En principio quiero que sepas que somos una fundación mundial paralela a la OMS, pero más confiable, con acceso a cualquier base de datos de hospitales y laboratorios de análisis clínicos de todo el mundo que nos permitió detectar a esta especie de súper hombres/mujeres y así poder hacerles un seguimiento. En tu caso, la primera inoculación te fue realizada cuando estabas paseando por Viena y fuiste a comer esa deliciosa torta Sacher con un “café expreso inoculado”. La segunda dosis fue cuando estabas en Madrid en el Museo del Jamón de la Gran Vía. Allí se trató del típico bocadillo de jamón ibérico con una “espumosa cerveza inoculada”. Y la tercera y definitiva fue aquí en Buenos Aires en un almuerzo con amigos en un bar de Palermo regado con un “buen vino inoculado”. Y fue suficiente.
- ¿Pero cómo evaluaban los resultados?
- Les hicimos “hisopados relámpagos” a todos, donde podíamos sorprenderlos discretamente, como a vos, siempre con nuestro método anestésico que borraba la memoria de ese hecho. Todos los análisis nos indicaban que los anticuerpos habían eliminado el coronavirus inoculado.
- ¿Y qué nos están haciendo?
- Los convertimos en dadores de plasma a escala mundial de modo que sus “aportes” se convertirán en la vacuna que eliminará el covid19. Aunque no son muchos con estos súper anticuerpos conseguimos reunirlos en todos los países.
- Pero no somos voluntarios. ¡Fuimos secuestrados!.
- En cierto modo es así, pero lo hicimos por una razón humanitaria y para ahorrarnos el papeleo de consentimiento, eventuales denuncias por mala praxis, etc. Lo importante es que esta vacuna no tendrá patente por lo que será libre en todo el mundo.
- ¿Pero cómo creen que nos quedaremos callados después de esta manipulación? – gradualmente recuperaba mi voz no sé si por mi indignación o porque iba cediendo mi sedación.
Diana me mira divertida mientras va cortando las vendas que me sujetan a la cama, desconecta el monitor de ECG y retira el catéter de mi brazo.
- Cuando te besé en la calle, con mi mano derecha te apliqué un sedante poderoso en la nuca que te durmió en el acto y dos auxiliares que te venían siguiendo te sostuvieron y te introdujeron en un furgón. Y aquí estamos, como están todos ellos - hizo un gesto amplio señalando toda el área.- Cada uno será devuelto al mismo lugar de donde fueron levantados y todo lo que han pasado aquí será un vago y difuso episodio tan difícil de recordar que lo asociarán con un sueño.
Sonriendo se quita el delantal, entra a la cama y me besa largamente. Esta vez no oculta una diminuta aguja en su mano derecha. Apenas puedo preguntar si yo también olvidaré. Si también la olvidaré.
Héctor Ruiz Echazú © mayo2020
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