La casa de Tia Ernestina
Escrito por
@MABAT20
Tía Ernestina, hermana de nuestra abuela, había dejado de existir hacía poco más de una semana despues de hacerse cargo de la casona familiar deshabitada durante muchos años. Su vida fue solitaria, acarpa y su amor y ternura los había dedicado íntegramente a sus sobrinos y sobrinos nietos, aunque era una persona abaldonada. La casa donde vivía era muy particular: estaba cubierta en su totalidad de vegetación, las rejas devastadas por el óxido y el paso del tiempo, incluso, muy descuidada en su mantenimiento general. Los lugareños se rehusaban a pasar por delante de la mansión, se decía que Ernestina había muerto de miedo, que por las noches se escuchaban baladros, el sonar de cadenas y figuras de todo tipo se transparentaban por las desusadas ventanas. Ese lugar fue nuestro adir. Usando los típicos palillos, una total badomía, mi primo y yo fuimos los seleccionados para pasar la primera noche. Decidimos afrontar nuestros miedos y con valentía franqueamos la puerta de ingreso. Durante el día hicimos un recorrido por los pasillos y las habitaciones, encontramos baúles con ropas de época y fotos viejas que nos traían recuerdos de nuestra niñez. Despues de cenar, nos fuimos a dormir. Me abracé a Morfeo hasta que unos ruidos inquietantes me despertaron. Me dije a mi misma..."tranquila, no pasa nada, estoy dentro de un sueño" pero, no, no lo era. Alguien quería entrar. El picaporte se movía lentamente. Pensé que era mi primo con sus habituales bromas pesadas. Lo llamé, mas no obtuve respuesta. Mi corazón galopaba a mil, una sudoración fría corría por todo mi ser, las paredes empezaron a moverse como si hubiese gente atrapada dentro, solo podía verles las manos que buscaban desesperadamente despegarse de ellas. Ahogados vagidos se escuchaban a través de la chimenea. Unas serpientes que formaban parte del escudo familiar colgado sobre la pared salieron del mismo y comenzaron a arrastrarse hacia mí. No sabía que hacer. La única vía de escape era la ventana que daba al balcón, traté de abrirla pero fue en vano. En la puerta de mi habitación apareció un hombre de gran estatura con dos protuberancias en la frente, ojos fuera de órbita, ropajes rasgados. En sus manos sostenía un hacha de donde chorreaba sangre. Balbuceando y con baldón se dirigía torpe hacia donde me encontraba. De una u otra forma debía escapar, me sentía ahogada, sofocada por el miedo, las fuerzas me estaban abandonando. De las lámparas brotaban borbotones de sangre que me ensuciaron parcialmente. Algo de consistencia dura tomé, no recuerdo bien que era, pero me sirvió para poder romper el vidrio y así abrir la única esperanza para salir de ese lugar. La luz de la habitación de mi primo estaba encendida. Caminé por la cornisa hasta llegar a ella. Ahí lo vi, colgado de la lámpara, cabeza abajo mientras una caterva lo rodeaba, lo mordisqueaba y lo empezaba a desollar vivo. Me miró. La luz de sus ojos se apagó. No podía creer la situación por la que estaba atravesando. Salté desde el balcón al jardín, tropecé con una roca, caí. Como pude me levanté. Sentí un dolor agudo, debía continuar como pudiera. Llegué hasta el cancel. Estaba cerrado. Trepé por la medianera y sin voltear corrí. Mis piernas cansadas no podían más. La noche completamente oscura hacía que el paisaje fuera más terrorífico. Hasta la luna, miedosa, se había escondido. No se cuánto tiempo pasó hasta que me detuve. Respiré. Estaba agotada y agobiada. Y ahí recordé. Me había olvidado el celular en la mesita de luz.
De mi autoría personal
Cuento de terror realizado como actividad para el Taller de Narradores de Sueños. Gracias @SECESAR por ayudarme a descubrir algo oculto y desconocido en mí, el arte de escribir, cosa que nunca había hecho y que ahora, gracias a tus enseñanzas, me estoy animando a plasmar en un papel. Nuevamente Gracias.
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12/02/2017
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