Fila 2 y el cello
Escrito por
@HRUIZEC
Fila 2 y el cello
Hacía tiempo que no escuchaba el Réquiem de Fauré en concierto por lo que compré mi entrada para el Palau dispuesto a disfrutar de esa hermosa obra en este magnífico y emblemático teatro catalán.
Cuando ingreso a la sala y le muestro mi ingreso al acomodador, frunce el ceño y me dice: señor Vázquez, me temo que tenemos un problema con su ubicación. Pues verá, toda la fila 20 donde está su asiento está ocupada por una delegación de médicos de un congreso que se realiza en estos días en Barcelona.
- Bueno, pero me imagino que tendré otra ubicación – digo yo más preocupado que molesto por la situación.
- Señor Vázquez, la única ubicación posible es en fila 2.
Siempre traté de evitar las primeras filas por no tener una visión general de la orquesta, pero dadas las circunstancias, acepto el cambio de lugar.
Y comienza la ejecución y así se van sucediendo las partes del Réquiem en una excelente y conmovedora versión.
Empiezo a tomarle el gusto a la cercanía con los intérpretes, sentir la respiración de los solistas, sus fiatos, la concentración del director.
Repaso las caras de los solistas, ella relajada, y el barítono con la vista fija en el fondo de la platea, como abstraído de la grandiosidad de la música.
Hay un intervalo. A tomar un trago, café, lo que sea.
Segunda parte. Todos en sus respectivos lugares. Sigue el concierto.
Me parece que el barítono corrió un poco su silla porque entre él y un violista la veo, como enmarcada en un espacio reducido: una cellista hermosa, que acaricia las cuerdas de su cello como si fueran caricias al alma. Su pequeña mano ciñe con firmeza el arco que desliza por las cuerdas con brío o con suave delicadeza, según los pasajes de la partitura. La encuentro bella, muy atractiva, con su pelo rubio y lacio enmarcando su rostro que atraviesa todos los estados de la emoción que propone Fauré. A veces la veo entrecerrar los ojos como experimentando una emoción muy profunda y a veces la veo con gesto adusto como contrariada, atacando compases complejos. Me conmueve la delicadeza de sus pizzicatos. No puedo evitar imaginarla dándome esos pequeños pellizcos y me sobresalto por mi pensamiento ajeno al clima de recogimiento que impone la obra. De pronto la veo intercambiar una sonrisa cómplice y veloz con un compañero de cuerda, descubriendo unos dientes como perlas. Y yo siendo testigo directo de su arte y sus sentimientos, casi como un espía privilegiado. Por un momento siento que nuestras miradas se cruzaron, pero en el acto razono que eso es imposible porque las luces del escenario no le permitirían ver el auditorio…aunque tal vez sí las primeras filas. Me estremezco.
Siempre pensé en la reunión cellista-cello, en la postura de la mujer con su instrumento. La encuentro muy sensual. Y ahora lo compruebo con esta mujer.
Pensar que tengo toda la orquesta a mi disposición y sólo me concentro en esa cellista que puedo ver mínimamente a través de sillas y violistas. Pero es suficiente. No quiero que termine el concierto para que pueda seguir viéndola un poco más. Hasta llego a pensar que es una de las musas plasmadas en el mosaico que se ve en el semicírculo del escenario, y que mágicamente cobró vida en ella.
Estoy en un momento de ensoñación. La música me llega como si estuviera siendo interpretada en otro lugar. Toda mi emoción está dirigida a ella y no puedo dejar de observarla, o mejor dicho, de admirarla. Haberla descubierto entre tanta gente, sillas e instrumentos se me antoja mágico y hasta revelador.
Puedo recrear todo el Réquiem, los solos de los instrumentos, las arias de los solistas, los ataques por cuerda del coro, pero no puedo descifrar el efecto sublime de su presencia que viene a alterar mi espíritu inesperadamente.
Pero llega el número final In Paradisum - ¡casualmente! - y me siento flotando en una nube, ascendiendo, ascendiendo hasta el infinito, hasta el espacio donde se pierden los sentidos y sólo se viven emociones.
Llegan los aplausos y yo sólo aplaudo en una dirección, única dirección posible donde esa hermosa intérprete le robó el protagonismo a Fauré.
Quedo derrumbado en mi asiento. Soy el único que queda en la sala mirando ahora sin obstáculos la silla que ocupó la cellista, hasta que me invitan a retirarme.
Antes de abandonar la sala, miro la gran claraboya sobre la platea con esos cristales amarillos simulando un sol que me ilumina radiante, así es como me siento después del concierto, y después de la contemplación de la cellista.
Salgo del Palau y tomo por Sant Pere rumbo al Arc de Triomf para sumergirme en el Metro y volver a casa. Aún llevo la música de Fauré en mis oídos, y a ella grabada en mi alma.
H. Ruiz Echazú ©
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