Emboscada en Praga
Escrito por
@HRUIZEC
Emboscada en Praga
Aún resuena en mi cabeza lo que me escribió Andra en su último correo : “Sos
demasiado para mí, no te merecés una mujer como yo…” Y ya habían pasado seis
meses desde entonces. Una eternidad, medida en noches en vela y en
desatenciones de mi trabajo por no poder alejarla de mi mente. Necesito soltarla,
dejarla ir. De ahí mi necesidad de despedirla.
Ya terminó mi trabajo en Praga y no me iré sin encontrarme con ella para verla por
última vez, aunque más no sea cinco minutos.
Salgo del Bar Bologna y camino por Konviktská rumbo al Puente de Carlos donde
seguro la encontraré porque es el camino obligado para ir al trabajo desde su
casa.
Tengo que apostarme a las 11 en la calle Karlova antes de ingresar al Puente
porque ella vendrá desde el otro extremo por la calle Mostecká, y ahí empezaré a
andar para forzar el encuentro “casual” en el medio del Puente.
Una brisa glacial me lija la piel y la llovizna permanente que cae sobre la ciudad
ahora se transforma en helada y el efecto en la piel es el de pequeñas agujas que
se clavan una tras otra, impiadosas. El único flanco que ofrezco a este micro
ataque es la porción de la cara que dejo libre desde la nariz hasta las cejas, por lo
que pareciera que los pinchazos son más dolorosos por el ensañamiento de la
lluvia al no encontrar más espacio para agredirme.
Entre el frío intenso y mi remordimiento por la emboscada preparada, empiezo a
temblar sin control, y me siento muy lejos de parecer ese ser maravilloso que
inventó Andra.
Ya voy por la calle Liliová y sólo me resta caminar unos cien metros para
instalarme en posición en el Puente, sobre un río Moldava encrespado.
Sincronía. Eso es. No hago más que llegar a mi puesto y la veo encarar el Puente
por el otro extremo, campera roja hasta las rodillas, gorro y bufanda negros, botas
rojas que cubren sus piernas enfundadas con calzas también negras, cargando la
cartera roja que le regalé la última vez que nos vimos, un año atrás.
Camina – como siempre – velozmente, tal su manía aun cuando pasea sin apuro
por llegar a ningún sitio. Viene por el centro del Puente, esquivando turistas que se
resisten a perder el día de paseo por apenas una temperatura inhóspita bajo cero
y una lluvia pertinaz y molesta de agujas heladas.
Yo me detengo a mitad del Puente, tal mi plan, y ella viene directo hacia mí
aunque con la cabeza gacha evitando cuanto pueda la brisa helada y el aguijoneo
inclemente en su cara.
- Andra - le advierto a unos dos metros de mí.
- ¡Ariel! – su expresión es más de espanto que de sorpresa.
Y ahí nos quedamos un instante mirándonos. Yo, con emoción, con alegría…con
amor. Ella, con estupor.
Camino lentamente, la enfrento y le doy un abrazo que apenas es respondido. Es
lo que yo llamo un des-abrazo.
Le beso ambas mejillas y la miro a los ojos como si necesitara comprobar que su
reacción es más fría que el clima.
No dice una palabra, pero aun así, lo dice todo.
Ahora es ella la que me da un tímido abrazo y sus labios rozan los míos
distraídamente, como al pasar, aunque esta vez sus ojos tienen un destello de
tristeza y pena, y apenas la escucho decirme un adiós nervioso.
Giro mi cabeza para ver cómo se aleja, esta vez caminando lentamente hacia un
hombre que observaba la escena a unos metros detrás.
Cuando Andra llega a su lado, parecen discutir. Él no deja de mirarme y Andra
voltea para dedicarme una última y desoladora mirada y luego es prácticamente
arrastrada del brazo hacia un destino, incomprensible para mí.
Y ahí me quedo, en mitad del puente, como una alegoría, como quien queda entre
la felicidad y la pena, entre la esperanza y la desilusión.
Sigo mi camino cuando escucho una detonación y los gritos de la gente que
empieza a correr hacia ambos lados del puente intentando alejarse del lugar.
Miro hacia el lugar por donde se había ido Andra con el hombre, que ahora yacía
en el piso, y ella que a lo lejos me mira, mientras se deja caer de rodillas
sosteniendo una pistola.
En vano comienzo a correr hacia ella porque ya apretó el gatillo que acabaría con
su vida y mis ilusiones. Me paralizo en medio del griterío y policías que corren
hacia donde están tendidos los cuerpos.
Dicen que las almas gemelas están condenadas a encontrarse, pero ahora
compruebo que no necesariamente para quedarse juntas.
Miro el Moldava y me pregunto si será un refugio para mi alma o emergerá libre y
sin pena hacia la eternidad.
Héctor Ruiz Echazú ©
Comentarios
04/10/2024
. El "timing" atrapa, como también la descripción sensorial y geográfica. El remate es inesperado y el título me dejó pensando en... quién emboscó a quién. Te felicito y gracias por compartirlo!!.
05/10/2024
05/10/2024
Cuánto ignoramos de los otros!!!
¿Si no la hubiese buscado seguirían vivos? Me gustó mucho leerte
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