El permiso de Inés
Escrito por
@FERNANDOJS
Inés y Julio se habían conocido a través de Facebook. Cada uno había estado hojeando sugerencias de amistad y, a ambos, les llamó la atención el perfil del otro.
Ninguno dio un paso más allá de esa atracción virtual, hasta que un día él le envió una invitación de contacto. Ella se tomó unos días antes de aceptarla.
A partir de allí comenzaron un intercambio de mensajes, espaciados y formales al principio, que luego dieron paso a otros más profundos, de conocimiento mutuo.
Conversaban sobre temas diversos, así ella le contó que tenía dos hijos grandes que vivían en el exterior, que trabajaba en la justicia y que hacía muchos años que estaba sola, después de un divorcio complicado.
Él, por su parte, le contó que era profesor en una prestigiosa universidad local, que tenía tres hijos grandes, que habían levantado vuelo propio, y que también era divorciado.
Así siguieron las charlas, pero de allí no pasaban. Ninguno parecía querer salir de su zona de confort. O sea, todo bien, pero sin ganas de conocerse en persona.
El tiempo fue pasando y las charlas se volvieron más esporádicas...
Un día, Julio tomó ánimo, y la invitó a cenar, utilizó como excusa que quería ir a conocer un lindo lugar sobre la costa del río y no le gustaba ir solo. Inés aceptó.
Por fin se verían cara a cara después de tanto tiempo de conocerse, ¿o mejor es decir intuirse?
Ambos sentían una sensación extraña, y no eran mariposas en el estómago, pero había un algo que les producía un cosquilleo que no tenían desde hace mucho tiempo, desde sus tiernos veinte o treinta años. Pensar que ahora a los cincuenta y pico de ella y a los sesenta y pico de él, volvían esos sentires.
La cena transcurrió como si se conocieran de toda la vida, la conversación y las risas fluyeron a lo largo de la velada. Se permitieron sentir sus manos al entrelazarse entre ellas. Fue un placentero escalofrío que dio paso a una sensación de tibieza, no solo en los dedos, sino también en su mirada.
Se fueron abrazados del restaurante, y al subir al auto de Julio, se fundieron en un beso, tierno y suave al comienzo y pasional con el paso de los minutos.
Inés se estaba dando el permiso para volver a sentir. Julio le brindaba seguridad y ternura.
Cuando llegaron a su casa, ella lo invitó a tomar un café, lo cual él aceptó. La charla continuó en un espacioso living a la luz de los leños en el hogar.
De repente, y sin darse cuenta, estaban abrazados y unidos en un largo y profundo beso, sintiéndose muy cerca el uno del otro. Ella sintió como sus manos se deslizaron bajo su camisa y desabrocharon su soutien, dejando a la vista sus lindos senos coronados por dos pezones muy erguidos. También le llegó un sentir de humedad dulce entre sus piernas, que la embriagaban...
Nuevamente, se dio permiso para sentir y disfrutar el momento de manera pausada a medida que su respiración se aceleraba... Recordó que no hay edad para sentirse mujer...
FJS
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