¿ Sirve Realmente el Tiempo?
Publicado por
@DANTEX
Básicamente, el paso del tiempo nos permite ir asumiendo una distancia psicológica de lo ocurrido. O sea, nos da el espacio necesario para ir procesando la pérdida y encontrar nuevas formas de coexistir con esa herida y reinventarnos cuando nos falta una parte importante de nosotros. Así logramos integrar el dolor en nuestra narrativa personal. Es entonces cuando se produce el cambio: nos adaptamos y aprendemos a vivir con lo que antes nos paralizaba.
El tiempo nos permite constatar que podemos seguir viviendo, a pesar de esa pérdida. Nos ayuda a recuperar nuestra percepción de autoeficacia y a recomponer los pedazos rotos. Pero la persona resultante ya no será la de antes. Y eso es perfectamente normal.
De hecho, las investigaciones sobre plasticidad cerebral demuestran que nuestro cerebro no borra los recuerdos dolorosos, sino que reconfigura su relevancia emocional. Las conexiones neuronales que antes se activaban con gran intensidad ante ciertos recuerdos comienzan a atenuarse, mientras se van fortaleciendo nuevas conexiones que facilitan la adaptación.
PARA TI: Autonomía emocional: La clave de una relación sana
Esto explica por qué, con el paso del tiempo, los recuerdos dolorosos llegan a ser más llevaderos. Esas memorias no desaparecen, simplemente las integramos en nuestra historia vital y aprendemos a funcionar con lo que nos falta.
Aceptar que ciertas heridas emocionales no se «curan» en el sentido más literal del término, sino que nos transforman, nos pone frente a frente con nuestra vulnerabilidad, y ahí reside precisamente su poder transformador. Porque cuando dejamos de luchar para eliminar la cicatriz y aprendemos a convivir con ella, nos volvemos más resilientes.
Finalmente comprendemos que las experiencias vitales no son algo a superar o que debamos dejar atrás sino algo que debemos integrar. Y no es lo mismo, aunque lo parezca.
Ese cambio de perspectiva nos ayuda a ser más pacientes con nosotros mismos, a respetar nuestro ritmo de sanación y a tomar decisiones más conscientes albergando expectativas más realistas. Significa reconocer que el dolor puede acompañarnos durante mucho tiempo, pero no determina nuestra totalidad. Significa comprender que podemos reír, amar, trabajar y crecer, incluso cuando ciertas pérdidas permanecen en lo más hondo de nosotros.
Referencia:
Yoon, S. et. Al. (2017) Recovery from Posttraumatic Stress Requires Dynamic and Sequential Shifts in Amygdalar Connectivities. Neuropsychopharmacology; 42(2): 454-461.

El tiempo nos permite constatar que podemos seguir viviendo, a pesar de esa pérdida. Nos ayuda a recuperar nuestra percepción de autoeficacia y a recomponer los pedazos rotos. Pero la persona resultante ya no será la de antes. Y eso es perfectamente normal.
De hecho, las investigaciones sobre plasticidad cerebral demuestran que nuestro cerebro no borra los recuerdos dolorosos, sino que reconfigura su relevancia emocional. Las conexiones neuronales que antes se activaban con gran intensidad ante ciertos recuerdos comienzan a atenuarse, mientras se van fortaleciendo nuevas conexiones que facilitan la adaptación.
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Esto explica por qué, con el paso del tiempo, los recuerdos dolorosos llegan a ser más llevaderos. Esas memorias no desaparecen, simplemente las integramos en nuestra historia vital y aprendemos a funcionar con lo que nos falta.
Aceptar que ciertas heridas emocionales no se «curan» en el sentido más literal del término, sino que nos transforman, nos pone frente a frente con nuestra vulnerabilidad, y ahí reside precisamente su poder transformador. Porque cuando dejamos de luchar para eliminar la cicatriz y aprendemos a convivir con ella, nos volvemos más resilientes.
Finalmente comprendemos que las experiencias vitales no son algo a superar o que debamos dejar atrás sino algo que debemos integrar. Y no es lo mismo, aunque lo parezca.
Ese cambio de perspectiva nos ayuda a ser más pacientes con nosotros mismos, a respetar nuestro ritmo de sanación y a tomar decisiones más conscientes albergando expectativas más realistas. Significa reconocer que el dolor puede acompañarnos durante mucho tiempo, pero no determina nuestra totalidad. Significa comprender que podemos reír, amar, trabajar y crecer, incluso cuando ciertas pérdidas permanecen en lo más hondo de nosotros.
Referencia:
Yoon, S. et. Al. (2017) Recovery from Posttraumatic Stress Requires Dynamic and Sequential Shifts in Amygdalar Connectivities. Neuropsychopharmacology; 42(2): 454-461.
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