El primer mundo
Escrito por
@MARAMARALUA
Un día decidí ir a estudiar al “primer mundo”, aquel del que todos me hablaban maravillas. Empecé por Italia. Roma, para ser más precisa. Me quedé en la casa de una tía que amablemente me ofreció hospedaje.
Al cabo de unos días, menos amablemente, me dijo que me duchaba demasiado, que gastaba demasiada agua. También me dijo, menos amablemente todavía, que no hacía falta lavar la ropa tan seguido.
¡Quizás había algo que aprender! Derrochamos demasiada agua. Pero después de un trato tan amable, me pareció oportuno dejar su casa y seguir rumbo a Francia para realizar mi proyecto.
Viajé a Paris.
Cuando traté de inscribirme en la universidad, me topé con otra de las bellezas de la perfección. Me pedían una visa de estudios. Sin embargo, antes de salir el consulado me había informado que para obtener dicha visa debía estar inscri-pt a en una casa de estudios. Otra maravilla de un lugar desarrollado, una buena manera de impedir que los extranjeros se instalen a estudiar.
Todo se solucionó inscribiéndome en la Alianza Francesa. La escuela, que gozaba de ciertos privilegios, tramitaría directamente la visa por mí. También saben como fomentar ciertas instituciones.
Al final del verano, volví a buscar alojamiento porque el que tenía era temporario. El anuncio describía el alojamiento perfecto, habitación con ducha privada a muy buen precio. Claro, no mencionaba los ocho pisos sin ascensor ni en qué consistía la ducha. Una manguera conectada al lavabo, colgada en la pared. Y por supuesto, un banquito para facilitar la subida al mismo ya que solo allí se desagotaba el agua. ¡Nunca había visto semejante avance tecnológico!
Aprovechando la cartelera de la escuela, me puse a buscar trabajo. Como todos mis diplomas eran inútiles en esa ciudad luz, opté por cuidar niños. O mejor dicho monstruos, porque de eso se trataba. Me tocó cuidar a dos nenas. Las tenía que ir a buscar a la escuela, vigilar que hicieran los deberes y quedarme con ellas hasta que la madre volviera. Empezaron por reírse de mi acento cada vez que pronunciaba una palabra. Después, practicaron lucha libre a la que di por concluida al ver que una de ellas tenía un ojo negro. Logré una tregua de corto plazo al proponerles que se dieran un baño. Cuando por fin llegó la madre, la casa era un caos y yo estaba exhausta. Me había sido imposible controlar a esas dos creaturas, lograr que hagan los deberes, aun menos. Demás está decir que no pude conservar el trabajo. En cierta manera fue algo saludable, aunque no fuese la mejor opción para pagar mis gastos.
Pasé por distintos trabajos, como cuidar ancianos, vender salchichas, vender souvenirs, llevar paquetes, todo clandestinamente. Además de permitirme ganar dinero me mantenían en forma, porque había que salir corriendo cuando llegaba la policía. Es increíble la cantidad de oportunidades que se presentan en los países desarrollados.
La situación se estaba poniendo difícil porque lo que ganaba no me alcanzaba. Pero, mágicamente, me otorgaron la beca a la que había aplicado antes de partir. Iría a estudiar en Suiza, el verdadero primer mundo.
Sabiendo que no estaba preparada para el invierno, decidí aprovechar los saldos. Conseguí un hermoso traje de nieve amarillo patito con un gorro rojo y guantes turquesa. No pasaría desapercibida en la nieve. ¡En esos países sí hay verdaderos saldos, con ropa de calidad!
Un día, acostumbrada al trafico bonaerense, en el que los semáforos suelen ser decorativos, me dispuse a cruzar la calle por cualquier lado. Inmediatamente, escuché un silbato, giré y vi un policía haciendo señas. Me di vuelta, no había ningún auto. ¿Tendría alucinaciones el pobre hombre? No, era a mí a quien hacia señas. Quiso multarme, pero me escabullí corriendo. Definitivamente, allí habían encontrado el método para incentivar a la gente a hacer ejercicio.
Al terminar mis estudios, fui a trabajar a Canadá. ¡Seguiría en el primer mundo!
Durante una excursión a una montaña me torcí el tobillo. Creyendo que era un esguince, me puse hielo, descansé y esperé que pasara. Como no mejoraba, fui al hospital. Después de unas cuantas horas de espera, me atendió un médico. Me hicieron radiografías y me diagnosticaron una fractura. Sin embargo, había un problema. Como era domingo, no había traumatólogo, me pidieron que volviera al día siguiente advirtiéndome que era preferible llamar antes. Saltando sobre mi otro pie, me volví a mi casa. Evidentemente, eran tan prudentes que prefirieron no tocar nada ni poner venda alguna hasta que me viera el especialista. ¡Sabían verdaderamente como hacer las cosas! Sin riesgos.
Al día siguiente, cuando llamé, me dijeron que el médico se había ido de vacaciones y que no volvería antes del viernes. Bueno, el galeno tenia derecho a sus vacaciones después de todo. En esos países si que respetan los derechos de los trabajadores.
Como mi pie me dolía y estaba hinchado, decidí ir a otro hospital. Tuve que volver a pasar por el protocolo, largas horas de espera, ver a un médico y hacer otra radiografía. Los archivos no se transmitían entre hospitales, el secreto médico estaba bien guardado, sin negligencias. Por si lo había olvidado, me volvieron a informar que mi pie estaba roto, pero no podría ver al ortopedista hasta el día siguiente, las personas mayores tenían prioridad y no había lugar. Está muy bien priorizar a los ancianos.
Cuando por fin pude ver al especialista, me retó, me dijo que había dejado pasar demasiado tiempo. Tenía razón, después de todo, quien me mandaba a romperme un pie sin prevenir, hay que organizarse para esas cosas.
¡Es increíble todo lo que podemos aprender del primer mundo!
Comentarios
26/08/2026
¡Felicitaciones!
26/08/2026
26/08/2026
26/08/2026
27/08/2026
11/09/2026
Me quedo en Bs As
12/09/2026
12/09/2026
Ese día seremos Justos, Libres y Soberanos.
12/09/2026
Ahora bien, tampoco hagamos más trampa: que en París te hagan subir ocho pisos para llegar a una ducha conectada al lavabo no convierte automáticamente a la Argentina en Suiza.
Yo amo a mi país y no necesito idealizarlo frente a lo extranjero para defenderlo. Pero tampoco creo que defender a la Argentina consista en responder “ellos también tienen problemas” cada vez que alguien señala algo que hacemos mal. Porque hay cosas del llamado Primer Mundo que podríamos copiar tranquilamente. Y ni siquiera hace falta importar tecnología de la NASA.
Y lo digo con dolor, como descendiente de inmgrantes, porque mi hija hace varios años que emigró a Perú. Con mucho esfuerzo, Lucía y Martín, mi yerno argentino, se han comprado su departamento: aquí no lo podrían haber hecho. Mis nietas han sido abanderadas, como su mamá y su tía, pero con la bandera de la que es su Patria.
Por ejemplo, retomando el tema: que un legislador entienda que fue elegido para representar ciudadanos, no para convertirse en una especie de nobleza republicana. Podría hacer una lista de funcionarios de gobiernos que han terminado en cana por hacerse de fondos públicos: eso no.
Si el ciudadano común tiene determinadas obligaciones, ¿por qué quien ocupa una banca debería tener privilegios que ese mismo ciudadano no tiene? Ahí sí me gustaría que copiáramos sin vergüenza. No hace falta traer contenedores desde Europa: con traer algunas buenas costumbres alcanza.
Y tampoco se trata de creer que “afuera todo funciona y acá nada”. En cualquier país hay funcionarios inútiles, burocracia, abusos y situaciones ridículas. La diferencia está en qué cosas una sociedad acepta como normales, como la corrupción, y cuáles decide corregir. Así que sí: defendamos la Argentina. Tenemos muchísimo para defender.
Pero patriotismo no es decir que todo lo argentino es bueno por el solo hecho de ser argentino. Eso no es amor a la patria; es ponerle la camiseta de Messi a los errores: es patrioterismo.
Y si alguna vez podemos importar algo del Primer Mundo, propongo empezar por algo revolucionario: que el que hace las leyes tenga que vivir bajo las mismas reglas que el que las tiene que cumplir.
No parece una tecnología demasiado sofisticada. Aunque, viendo nuestra historia, deseo que no necesitemos traerla con manual de instrucciones.
Agustín
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